Cualquier investigación sobre el matriarcado debe partir del pueblo licio. Para éste existen los datos más conocidos y también más ricos en contenido. Nuestra tarea será, en primer lugar, recoger literalmente las informaciones de los antiguos, para obtener una base firme para el estudio siguiente.
Herodoto (I, 173) relata que los licios procedían originariamente de Creta y bajo Sarpedón se habían llamado termilios; todavía en una época posterior eran llamados así por sus vecinos; pero como Lico, el hijo de Pandion, llegó desde Atenas al país de los termilios, junto a Sarpedón, entonces los licios fueron denominados a partir de él. El escritor continñua: “Sus costumbres son en parte cretenses y en parte carias. No obstante, tienen un extraña costumbre, que no posee ningún otro pueblo: toman el nombre a partir de la madre y no del padre. Entonces, cuando se pregunta a un licio quién es, dará su linaje matrilineal, y enumerará a las madres de su madre, y si se une una ciudadana con un esclavo, los hijos serán considerados como de noble estirpe (gennaîa); pero si un ciudadano, aunque sea el más noble, se une con una extranjera o toma una concubina, entonces los hijos son innobles (átima ta tékna)”.
Esta institución es tanto más curiosa porque nos presenta la costumbre de la denominación a partir de la madre en relación con la posición jurídica de los hijos y por consiguiente como parte de una concepción básica llevada a cabo con todas sus consecuencias.
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El relato de Herodoto es confirmado y completado por otros escritores. Se nos ha conservado el siguiente fragmento de Nicolás de Damasco sobre las costumbres curiosas (Müller): “Los licios rinden mayores honores a las mujeres que a los hombres; ellos toman su nombre a partir de la madre, y legan la herencia a las hijas, no a los hijos”. Heráclides Póntico da una pequeña indicación: “No tienen leyes escritas, sino sólo costumbres no escritas. Desde hace largo tiempo son regidos por las mujeres”.
A los datos mencionados, se añade el curioso relato de Plutarco (de virtut mulier) que habría referido el heracliota Ninfis. En una traducción literal, dice: “Ninfis narra en el cuarto libro sobre Heraclea que antiguamente un jabalí devastaba la región de Heraclea y destruía frutos y animales hasta que fue muerto por Belerofonte. Pero como el héroe no recibiera ningún agradecimiento por su generosa acción, maldijo a los jantios, e imploró a Poseidón que hiciera brotar sal del suelo.
Entonces todo se arruinó, puesto que la tierra se volvió amarga, y continuó hasta que Belerofonte suplicó de nuevo a Poseidón, en atención a los ruegos de las mujeres, que pusiesen fin a la devastación. De aquí surge la costumbre de los jantios de no tomar nombre a partir del padre, sino de la madre”
El relato de Ninfis nos muestra la denominación a partir de la madre como resultado de una concepción religiosa; la fecundida de la tierra y de las mujeres son colocadas en la misma línea.
Esto último es destacado todavía más claramente en otra versión del mismo mito. Plutarco relata lo siguiente en el lugar citado: “La historia que se decía que había sucedido en Licia, parece ciertamente una fábula, pero sin embargo surge de un antiguo mito. Amisodaro, o como le llamaban los licios, Isaras, llegó a la colonia licia de Zelea con algunos barcos piratas que mandaba Cimaro, un hombre belicoso, pero salvaje y cruel. El mandaba un barco que tenía como distintivos en la proa un león y en la popa una serpiente y causó a los licios grandes daños, de manera que ellos ni podían navegar ni vivir en las ciudades costeras. Belerofonte lo mató al perseguirlo con Pegaso; expulsó también a las Amazonas, pero no pudo recibir su merecido premio, sino que fue injustamente tratado por Yóbates. Por esto, fue al mar y pidió a Poseidón que hiciese esta tierra desierta y estéril. Cuando él se fue luego de hacer su petición, se alzó una ola e inundó el país. Fue una visión espantosa cuando el mar la siguió y cubrió la llanura. Los hombres no pudieron conseguir con sus ruegos que Belerofonte detuviese el mar, pero cuando las mujeres anasyrámenai to`ys chitoniskoys salieron a su encuentro, el pudor volvió a él y a la vez según se dice se retiró el agua del mar.”
En este relato, Belerofonte aparece en una doble relación con el sexo femenino. Por un lado, se nos aparece como combatiente y vencedor de las Amazonas. Por otro, cede ante la visión de la feminidad y no puede negarle el reconocimiento, de manera que el matriarcado licio se remonta directamente a él como su fundador.
Esta doble relación comprende en sí una vez la victoria y otra la derrota, y es digna de atención en alto grado. Nos muestra al matriarcado en lucha con el Derecho masculino, coronada con una victoria solamente parcial del hombre. El amazonismo, la mayor degeneración del Derecho femenino, es destruido por el hijo de Sísifo, el héroe corintio. Las belicosas jóvenes, matadoras de hombres, perecen. Pero el superior Derecho de la mujer devuelta al matrimonio y a su destino sexual, sale vencedor en la lucha. Solamente la degeneración amazónica de la hegemonía femenina, no el matriarcado, encuentra su fin. Este descansa sobre la naturaleza material de la mujer. En el mito referido, la mujer es equiàrada a la Tierra. Lo mismo que Belerofonte se rinde ante el símbolo de la fecundidad materna, Poseidón retira la devastadora ola del país. La potencia engendradora masculina cede el derecho a la materia que concibe y que genera. Lo mismo que la Tierra, madre de todas las cosas, se enfrenta a Poseidón, así la mujer mortal, terrenal, se opone a Belerofonte. Gê, y Gyné o Gaia aparecen una al lado de la otra. La mujer ocupa el lugar de la Tierra, y prolonga la maternidad originaria de ésta entre los mortales. Por otra parte, el hombre engendrador aparece como sustituto del Océano panengendrador. El agua es el elemento fecundante. Cuando se mezcla con la materia terrestre femenina, en el oscuro fondo del seno materno se desarrolla el germen de toda la vida telúrica. Lo mismo que el Océano se opone a la Tierra, el hombre está frente a la mujer. ¿Quién ocupa el primer lugar en esta relación? ¿Qué parte domina a la otra: Poseidón a la Tierra, el hombre a la mujer o a la inversa? En el mito antes expuesto, está representada esta lucha. Belerofonte y Poseidón buscan lograr la victoria para el Derecho paterno. Pero ante el símbolo de la maternidad que concibe, ambos retroceden, vencidos. La sal del agua, el contenido, y el símbolo del poder masculino, no debe servir para la destrucción, sino para la fecundación de la materia. La victoria sobre el poder inmaterial del hombre sigue perteneciendo al principio material de la maternidad. La kteís femenina domina al phallus masculino, la Tierra al mar, las licias a Belerofonte sostuvo contra el Derecho femenino sólo fue coronada por una semivictoria. Es cierto que el hijo de Poseidón acabó con la degeneración contraria a lo natural del amazonismo hostil a los hombres, pero por su parte él fue obligado a dejar la victoria a la mujer, que permanece fiel a su destino físico.
El mito completo en el que Belerofonte aparece como eje, coincide con esta interpretación. El héroe había aspirado a lo más alto. Su meta no sólo fue destruir a las Amazonas, sino también subordinar en el matrimonio la mujer al hombre. En efecto, la victoria que había conseguido sobre aquéllas parece darle derecho. Pero Yóbates-Anfianacte le denegó la recompensa de sus fatigas y esfuerzos. Esto mismo está indicado en otros rasgos del mito. Belerofonte finalmente debe conformarse con la mitad de la hegemonía. A su victoria le sigue una derrota. Con la ayuda de Pegaso, domado con el auxilio de Atenea, combatió y destruyó a las Amazonas. El eólida las ha alcanzado desde el sueño alado, y alcanzar las luminosas alturas celestes, entonces le hirió la ira de Zeus. Rechazado, cayó en la campiña del Alis, Tarso atestigua que sacó de esto una pierna lisiada. “Quiero contar sus victorias, pero no uedo pensar en su mortal destino”, dice Píndaro, para indicar la desproporción antre el espléndido comienzo y el triste fin del héroe. La altura de su ambición y el escaso éxito de la misma se convierten en Píndaro y Horacio en símbolo del espíritu humano enormemente apresurado, que lucha con los dioses y es derrotado por ellos. Belerofonte se coloca en esto al lado de Prometeo, al que Lisias en Tzetzes lo equipara como segundo guardián del fuego. Mediante su caída, Belerofonte se diferencia de los restantes vencedores del Derecho femenino: Heracles, Dioniso, Perseo y los héroes apolíneos Aquiles y Teseo. Mientras que ellos, juntamente con el amazonismo aniquilaban toda ginecocracia y como acabadas potencias luminosas elevaban el principio solar incorpóreo sobre el material del matriarcado telúrico, Belerofonte no pudo alcanzar las puras alturas de la luz celestial. Atemorizado volvió la vista hacia la tierra, que de nuevo acogió al caído de las alturas a las que se había atrevido a subir. Es cierto que pegaso, el caballo alado, que surgió del sangrante tronco de la Gorgona y que Atenea había enseñado a dominar a su protegido, alcanza la meta de su viaje celeste, pero el jinete terrenal vuelve a la tierra, a la que pertenece como hijo de Poseidón.
La potencia masculina aparece en él todavía pura como el principio poseidónico del agua, que representa un papel tan destacado en el culto licio. El soporte físico de su ser es el agua telúrica y el Eter que rodea la Tierra, que obtiene su humedad de aquélla, y se la devuelve en un ciclo eterno, como indica ingeniosamente el mito tarentino con las lágrimas de Etra. No le es dado alcanzar la región del sol más allá de este ciclo telúrico y colocar en el sol el principio padre de la materia. El no puede seguir el vuelo del caballo celeste. También éste pertenece ante todo al agua telúrica, reino de Poseidón. De sus cascos brota la fuente fecundante. Equus-epus y aqua apa son también una unidad etimológica, sobre la cual se puede ver Servio.
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Johann Jacob Bachofen
sábado, 29 de enero de 2011
Orestes, la Orestiada, Electra y Clitemnestra y las Erinnias
Orestes perseguido por las Furias, de William-Adolphe Bouguereau.
En la mitología griega Orestes (en griego antiguo Ὀρέστης) fue el único hijo varón de Agamenón y Clitemnestra.
Según la historia homérica Orestes estaba ausente de Micenas cuando su padre volvió de la Guerra de Troya y fue asesinado por el amante de su esposa, Egisto. Ocho años después Orestes volvió de Atenas y vengó la muerte de su padre asesinando al amante de su madre. Según Píndaro, Orestes fue salvado por su niñera Arsínoe o su hermana Electra, que le sacó del país cuando Clitemnestra quería matarle. Huyó a Fanote en el monte Parnaso, donde el rey Estrofio se hizo cargo de él.
En su vigésimo cumpleaños el oráculo de Delfos le ordenó volver a su hogar y vengar la muerte de su padre. Orestes regresó a casa junto con su amigo Pílades, hijo de Estrofio. Según Esquilo, Orestes se encontró con su hermana Electra ante la tumba de Agamenón, donde ambos habían ido a rendir honores al difunto; se reconocieron y planearon cómo Orestes llevaría a cabo su venganza. La misma historia básica es narrada de formas diferentes por Sófocles y Eurípides en sus respectivas obras tituladas Electra.
En las Euménides de Esquilo, tras la venganza (a veces con la ayuda de Electra) Orestes enloquece y es perseguido por las Erinias (que no hacen lo mismo con Electra), cuyo deber es castigar cualquier violación de los lazos de piedad familiar. Orestes se refugia en el templo de Delfos, pero, a pesar de que Apolo le había ordenado llevar a cabo su venganza, no es capaz de proteger a Orestes de sus consecuencias. Finalmente, Atenea le recibe en la acrópolis de Atenas y organiza un juicio formal del caso ante el Areópago, un tribunal formado por doce jueces áticos. Las Erinias exigen su víctima, Orestes alega las órdenes de Apolo, los votos de los jueces quedan divididos equitativamente y Atenea le declara inocente con su voto decisivo. Las Erinias son apaciguadas con un nuevo ritual en el que son adoradas como Euménides y Orestes dedica un altar a Atenea Areia.
Con Esquilo el castigo termina aquí, pero, según Eurípides, para poder escapar de la persecución de las Erinias, Apolo ordenó a Orestes ir a Tauro (actual Crimea), apoderarse de la estatua de Artemisa Tauropola que había caído del cielo y llevarla a Atenas. Orestes marchó a Tauro con Pílades y ambos fueron encarcelados por los habitantes de la región, los tauri, que tenían la costumbre de sacrificar todos los extraños a Artemisa. La sacerdotisa de Artemisa encargada de realizar el sacrificio era su hermana Ifigenia, quien ofreció liberar a Orestes (sin saber que era su hermano) si éste llevaba consigo una carta hasta Grecia. Orestes rehusó hacerlo, pero ofreció a Pílades llevar la carta mientras él se quedaba para ser sacrificado. Tras un conflicto de mutuo afecto, Pílades terminó por acceder, pero la carta hizo que Orestes e Ifigenia se reconocieran y los tres escaparon juntos llevando con ellos la imagen de Artemisa. Tras su retorno a Grecia, Orestes tomó posesión del reino de su padre, Micenas (matando al hijo de Egisto, Aletes), y anexó Argos y Laconia. Se cuenta que murió por la mordedura de una serpiente en Arcadia. Su cuerpo fue llevado a Esparta para ser enterrado (donde fue objeto de culto) o, según una leyenda italiana, a Aricia, de donde sería trasladado a Roma (Servio, Sobre la Eneida, ii.116).
Antes de la Guerra de Troya, Orestes había estado prometido a su prima Hermíone, hija de Menelao. Tras ella, Menelao quiso que su hija se casase con Neoptólemo. Orestes y Neoptólemo lucharon, y este último murió. Al casarse con Hermíone y hacerse con Argos y Arcadia después de que sus tronos hubiesen quedado vacantes, Orestes llegó a ser el gobernante de todo el Peloponeso. Su hijo, Tisámeno, fue más tarde asesinado por los heráclidas.
En una versión de la historia de Télefo, Orestes fue apresado por éste, quien exigía que Aquiles le sanase.
Según algunas fuentes, Orestes fue padre de Pentilo con su medio hermana Erígone.
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Orestes en la literatura
La historia de Orestes fue objeto de la Orestíada tanto de Esquilo (Agamenón, Coéforas, Euménides) como de Estesícoro, de la Electra de Sófocles, y de la Electra, Ifigenia en Táuride y Orestes de Eurípides. Existe un poema épico en latín, formado por unos 1.000 hexámetros y titulado Orestes Tragoedia, que ha sido atribuido a Draconcio de Cartago.
Orestes aparece también como personaje principal de varias leyendas relacionadas con su locura y purificación, tanto en Grecia como en Asia. En ellas Orestes es el mortal lleno de culpa al que purifican de su pecado por la gracia de los dioses, cuya misericordiosa justicia se muestra a todas las personas cuyo crimen sea mitigado por circunstancias atenuantes. Los implacables lazos de sangre de la sociedad primitiva dan lugar a un juicio justo y, en Atenas, cuando los votos de los jueces están divididos equitativamente, prevalece la compasión.
En la mitología griega Orestes (en griego antiguo Ὀρέστης) fue el único hijo varón de Agamenón y Clitemnestra.
Según la historia homérica Orestes estaba ausente de Micenas cuando su padre volvió de la Guerra de Troya y fue asesinado por el amante de su esposa, Egisto. Ocho años después Orestes volvió de Atenas y vengó la muerte de su padre asesinando al amante de su madre. Según Píndaro, Orestes fue salvado por su niñera Arsínoe o su hermana Electra, que le sacó del país cuando Clitemnestra quería matarle. Huyó a Fanote en el monte Parnaso, donde el rey Estrofio se hizo cargo de él.
En su vigésimo cumpleaños el oráculo de Delfos le ordenó volver a su hogar y vengar la muerte de su padre. Orestes regresó a casa junto con su amigo Pílades, hijo de Estrofio. Según Esquilo, Orestes se encontró con su hermana Electra ante la tumba de Agamenón, donde ambos habían ido a rendir honores al difunto; se reconocieron y planearon cómo Orestes llevaría a cabo su venganza. La misma historia básica es narrada de formas diferentes por Sófocles y Eurípides en sus respectivas obras tituladas Electra.
En las Euménides de Esquilo, tras la venganza (a veces con la ayuda de Electra) Orestes enloquece y es perseguido por las Erinias (que no hacen lo mismo con Electra), cuyo deber es castigar cualquier violación de los lazos de piedad familiar. Orestes se refugia en el templo de Delfos, pero, a pesar de que Apolo le había ordenado llevar a cabo su venganza, no es capaz de proteger a Orestes de sus consecuencias. Finalmente, Atenea le recibe en la acrópolis de Atenas y organiza un juicio formal del caso ante el Areópago, un tribunal formado por doce jueces áticos. Las Erinias exigen su víctima, Orestes alega las órdenes de Apolo, los votos de los jueces quedan divididos equitativamente y Atenea le declara inocente con su voto decisivo. Las Erinias son apaciguadas con un nuevo ritual en el que son adoradas como Euménides y Orestes dedica un altar a Atenea Areia.
Con Esquilo el castigo termina aquí, pero, según Eurípides, para poder escapar de la persecución de las Erinias, Apolo ordenó a Orestes ir a Tauro (actual Crimea), apoderarse de la estatua de Artemisa Tauropola que había caído del cielo y llevarla a Atenas. Orestes marchó a Tauro con Pílades y ambos fueron encarcelados por los habitantes de la región, los tauri, que tenían la costumbre de sacrificar todos los extraños a Artemisa. La sacerdotisa de Artemisa encargada de realizar el sacrificio era su hermana Ifigenia, quien ofreció liberar a Orestes (sin saber que era su hermano) si éste llevaba consigo una carta hasta Grecia. Orestes rehusó hacerlo, pero ofreció a Pílades llevar la carta mientras él se quedaba para ser sacrificado. Tras un conflicto de mutuo afecto, Pílades terminó por acceder, pero la carta hizo que Orestes e Ifigenia se reconocieran y los tres escaparon juntos llevando con ellos la imagen de Artemisa. Tras su retorno a Grecia, Orestes tomó posesión del reino de su padre, Micenas (matando al hijo de Egisto, Aletes), y anexó Argos y Laconia. Se cuenta que murió por la mordedura de una serpiente en Arcadia. Su cuerpo fue llevado a Esparta para ser enterrado (donde fue objeto de culto) o, según una leyenda italiana, a Aricia, de donde sería trasladado a Roma (Servio, Sobre la Eneida, ii.116).
Antes de la Guerra de Troya, Orestes había estado prometido a su prima Hermíone, hija de Menelao. Tras ella, Menelao quiso que su hija se casase con Neoptólemo. Orestes y Neoptólemo lucharon, y este último murió. Al casarse con Hermíone y hacerse con Argos y Arcadia después de que sus tronos hubiesen quedado vacantes, Orestes llegó a ser el gobernante de todo el Peloponeso. Su hijo, Tisámeno, fue más tarde asesinado por los heráclidas.
En una versión de la historia de Télefo, Orestes fue apresado por éste, quien exigía que Aquiles le sanase.
Según algunas fuentes, Orestes fue padre de Pentilo con su medio hermana Erígone.
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Orestes en la literatura
La historia de Orestes fue objeto de la Orestíada tanto de Esquilo (Agamenón, Coéforas, Euménides) como de Estesícoro, de la Electra de Sófocles, y de la Electra, Ifigenia en Táuride y Orestes de Eurípides. Existe un poema épico en latín, formado por unos 1.000 hexámetros y titulado Orestes Tragoedia, que ha sido atribuido a Draconcio de Cartago.
Orestes aparece también como personaje principal de varias leyendas relacionadas con su locura y purificación, tanto en Grecia como en Asia. En ellas Orestes es el mortal lleno de culpa al que purifican de su pecado por la gracia de los dioses, cuya misericordiosa justicia se muestra a todas las personas cuyo crimen sea mitigado por circunstancias atenuantes. Los implacables lazos de sangre de la sociedad primitiva dan lugar a un juicio justo y, en Atenas, cuando los votos de los jueces están divididos equitativamente, prevalece la compasión.
Las Erinnias y el principio de derecho materno
Nos encontramos ante el mismo desarrollo que resultará evidente en el mito de Orestes, del que nos ocuparemos ampliamente más adelante. El asesino de la madre resulta condenado y absuelto por el mismo número de votos. En base al principio materno de las Erinnias debe ser sometido al castigo, pero basándose en el derecho apolíneo de la luz, que es el propio de una virilidad superior, resulta inocente. Ambas concepciones se enfrentan sostenidas por un idéntico número de votos. Pero Atenea deposita en la urna su voto a favor de Orestes, y éste es absuelto gracias al calculus Minervae.
La propia mujer reconoce la validez superior del derecho del hombre. En la figura de Atenea la maternidad material aparece sublimada en una espiritualidad liberada del lazo con la madre. También ella, como la sacerdotisa de Dodona, ha sido purificada mediante la luz de las escorias de la materia y elevada al nivel superior representado por el principio masculino de la divinidad. El antiguo derecho telúrico de las Erinnias ha sido infringido, las sanguinarias madres telúricas se pliegan espontáneamente a la nueva ley, contentas de haber sido liberadas de su horrible deber. Lo mismo le ocurre a la sacerdotisa Dodona. A través de Apolo se lleva a cabo la expiación de Orestes, a través del dios masculino se limpia la mancha del matricidio. El mismo pensamiento se halla en la base del robo del trípode beocio. El principio de la luz, gracias al cual los asesinos como Orestes consiguen la expiación y la absolución, es celebrado por los cadmeos en la propia Dodona y obtiene un reconocimiento oficial como lo demuestra la exposición del trípode sagrado.
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El número dos, de carácter material y femenino, que en la dualidad de las sacerdotisas aludía al originario dualismo, es elevado en el trípode a la perfección del tres, a la armoniosaa trinidad. El nivel inferior, representado por el principio religioso telúrico-material, que emerge claramente en el culto de Zeus Aqueloo en Dodona, cede ante el orden cósmico superior que se lleva a cabo con el principio de la luz y que se revela en la sucesión de las tres estaciones del año. Por este motivo debe repetirse anualmente la consagración del trípode. El hecho de que el trípode deba ser sacado de Tebas durante la noche y escondido alude también al tránsito del principio telúrico al de la luz. Y también es igualmente reconocible en la Trakñia pareýresis (engaño tracio). La noche se halla asimilada al principio materno y material. Y ambos se contraponen al principio paterno y al día, que se conjugan con el principio de la luz. El día nace de la noche como el hijo del cuerpo de la madre y como la encina de Zeus de la tierra. La madre es la entidad originaria, entra a formar parte del mundo invisible antes del hombre generador, que opera invisible en la profundidad de la tierra y que sólo en el hijo se manifiesta en su visible exterioridad.
Es cierto que en la encina se reconoce la imagen de Zeus pero solamente la mujer es de por sí visible y existente. El hijo se convierte entonces en padre y la madre se sitúa junto a su hijo como mujer.
De este modo se presentan en Dodona Dione-Venus y Zeus-Aqueloo: la primera como tierra-materia, madre de los frutos y el segundo como la fuerza generatriz del agua, que toma una apariencia sobre todo mediante el nacimiento, es decir, generando la encina que despunta hacia lo alto. Si en el dios se venera la fuerza que genera todo fruto “la fuerza vital por medio de la que todas las cosas nacen de la tierra” (Filóstrato), ello sin embargo presupone a la mujer originaria. En Dodona el principio materno domina la naturaleza: su símbolo es la paloma de Afrodita. Las sacerdotisas que llevan el nombre de este animal (al igual que otras abejas y osas se congregan en otras partes en torno a análogas Madres-Naturaleza) preparan el culto y comunican los secretos revelados por la divinidad, del mismo modo que la tierra en el acto generador muestra la existencia de una fuerza creadora y el misterio de la generación que se realiza en su oscuro seno.
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Las costumbres licias también se hallan atestiguadas en la antigua Atica. Al igual que Asia, allí aparecen como el derecho originario de ese pueblo, y al igual que Asia también se hallan estrechamente vinculadas con la religión, en tanto que se relacionan con el culto de Atenea, la divinidad femenina y con el propio nombre femenino de la ciudad.
La narración de Varrón puede confrontarse con otra similar, conservada por Estrabón que recoge un pasaje de Eforo. Refiriéndose a la guerra que los cadmeos de Beocia llevaron a cabo a su vuelta de Tesalia contra los pueblos que los habían expulsado anteriormente, o sea contra los tracios, iantos y pelasgos -guerra que terminó con la migración de estos últimos hacia Atenas, con el tránsito de los tracios hacia el Parnaso y con la fundación de la ciudad de Iampolis en Fócide- se cuenta en el texto: “dice Eforo que los tracios, tras haber estipulado un armisticio con los beocios, los atacaron de noche, en un momento en el que éstos habían aflojado la guardia. Pero los beocios consiguieron defenderse victoriosamente, y echándole en cara a los tracios la violación del tratado de paz, se les respondió diciéndoles que el armisticio se había pactado únicamente haciendo referencia al día, y que ellos habían sido atacados por la noche. De aquí habría salido el proverbio: Thrakía pareýresis (pretexto tracio). Los pelasgos por el contrario se habían ido a consultar el oráculo mientras la guerra todavíaa estaba en curso, y lo mismo hicieron los beocios. La respuesta que recibieron los primeros no la conozco, a los beocios la sacerdotisa les respondió diciéndoles que hubiesen vencido en esa guerra si hubiesen llevado a cabo un comportamiento impío.
Había surgido la sospecha entre los enviados de que la respuesta de la sacerdotisa pretendía favorecer a los pelasgos, porque ésta pertenecía a su estirpe, en tanto que el santuario era de origen pelasgo. (estrabón). Entonces agarraron a la sacerdotisa y la arrojaron a una hoguera, pensando que su acto, fuese justo o injusto, lograría en ambos casos su fin: así si el oráculo de la sacerdotisa era falso habría recibido en efecto su justo castigo y si era cierto entonces en cualquier caso ellos habrían seguido la orden que habían recibido.
Las autoridades encargadas del templo no consideraron oportuno condenar inmediatamente a muerte a los presponsables dentro del propio santuario y sin interrogatorio previo. Constituyeron por lo tanto un tribunal y quisieron llamar para el cumplimiento de esta funciòn a la sacerdotisa, a saber, a las dos profetisas supervivientes de las tres originariamente existentes. Pero comolos beocios se oponían afirmando que en ningún lugar del mundo se solía confiar una sentencia a las mujeres, las autoridades del templo decidieron que dos hombres contrapesasen a las mujeres. Y como los hombres se pronunciaron a favor de la absolución y las mujeres a favor de la condena, y dada la igualdad de votos, prevaleció el veredicto absolutorio. De este hecho deriva la costumbre de que en Dodona los oráculos encargados por los beocios fuesen primero pronunciados por los hombres. Las profetisas a su vez interpretaron su oráculo en el sentido de que el dios ordenaba a los beocios que robasen los trípodes que se hallaban en su propio país y que los llevasen anualmente a Dodona. Y esto ocurre realmente porque cada año ellos llevan por la noche a Dodona uno de sus trípodes sagrados escondido bajo su manto”.
Esta singular narración, que al igual que la de Varrón, no suele tomarse en consideración, revela una vez más que el principio natural femenino es el más antiguo y que sólo posteriormente el principio masculino entró en conflicto con él, conflicto del que los hombres salieron victoriosos.
Las mujeres condenaron y los hombres absolvieron. En base al principio más antiguo, el material y femenino, los beocios son culpables. Matando a la sacerdotisa ultrajaron a la propia tierra, cuya maternidad es celebrada por las Pléyades (Pausanias). Basándose en el derecho espiritual patriarcal, por el contrario, son inocentes: sacrificaron la mujer a un principio natural, es decir, el de la virilidad generatriz y fundaron el dominio del principio de la luz en la herida infringida a la maternidad telúrica. La sacerdotisa halla la muerte en la hoguera: purificada mediante el fuego de la escorias de su naturaleza mortal va a unirse al principio superior de la luz, cuya incorpórea fuerza despierta desde lo alto en la corpórea tierra el núcleo de la vida. De este modo el propio crimen sirve para propiciar una suerte benigna, ya que basándose en el propio oráculo rendido por la sacerdotisa es posible el desarrollo del progreso.
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Vemos pues como Teseo hace avanzar el mismo principio al que Belerofonte había abierto el camino, y que tenía sus exponentes en Perseo, Aquiles y Heracles. En la base de todas estas leyendas subyace la misma concepción: el logro de una condición superior del hombre y del Estado se basa en la superación del derecho materno. Los mismos héroes que destruyen a las brutales fuerzas telúricas aparecen también como benefactores y protectores de la humanidad y serán quienes destruyan al amazonismo. Todavía mucho más significativo es el hecho de que Atenea escoja como sede del tribunal no el Delfinio (Eliano9, sino el lugar en el que acamparon las Amazonas, la colina de Ares, a cuyos pies que justamente en ese lugar la absolución de orestes, decretada por el primer tribunal de sangre, anuncie el final del derecho materno. La sede del antiguo derecho era ahora utilizada por el nuevo, o bien, dado que las dos concepciones jurídicas hallan sus raíces en dos concepciones religiosas diferentes, podría también decirse que la sede del antiguo culto ctónico servirá ahora al nuevo culto. Atenea, la diosa que carece de madre, se inclina, exceptuando el matrimonio, a todo lo que es masculino, tal y como la define Esquilo /Euménides) e instituye el Areópogo sobre el lugar ocupado por las Amazonas, que vivían sin hombres y eran enemigas de estos. Lo que antes servía a la antigua religión será ahora consagrado a la nueva. La religión cristiana también ha practicado su nuevo culto divino preferentemente en lugares de culto pagano y directamente incluso en los templos paganos, y con objetos de culto paganos. Lo que había servido a los falsos dioses debería contribuir ahora a la glorificación del único dios verdadero, tal y como Marangoni ha puesto claramente de manifiesto en su libro: Delle cose gentilesche e profane ad uso di ornamento delle chiese, Roma.
Pero de Esquilo todavía pueden recabarse más enseñanzas acerca de nuestro tema. La contraposición entre derecho paterno y derecho materno es expresada por Esquilo también bajo otro aspecto. El nuevo derecho es el derecho celeste del Zeus Olímpico y el derecho antiguo provenga del olímpico es proclamado por Orestes, que inmediatamente tras su absolución gracias a la intervención de Atenea, pronuncia las siguientes palabras:
“Oh Palas, salvadora de mi casa. Despojado de la tierra de mis padres, tú me has devuelto a ella! Y alguien de entre los helenos dirá: ¡he aquí que este hombre vuelve a ser ciudadano de Argos y habita en las posesiones paternas gracias a Palas y Loxias, y gracias al supremo árbitro, al dios salvador, que compadeciéndose del destino de mi padre me ha salvado, ante estas defendedoras de la causa de mi madre”
Esto también es expuesto por la propia Atenea.
“Había brillantes testimonios de parte de Zeus y los traía el mismo dios que había predicho que Orestes no sería castigado por su acción”.
Y gritan por el contrario las Erinnias:
“Qué mortal no siente respeto y temor al oir la ley que nos ha fijado la Moira y que han ratificado los dioses. Conservo mi antiguo privilegio y tengo mis honores, aunque tengo mi morada bajo tierra y en tinieblas sin sol”.
Y luego tras ser absuelto Orestes:
“Ay, jóvenes dioses!, habéis pisoteado las leyes antiguas, y me habéis arrancado la presa que ya tenía en mis manos. Pero yo, deshonrada y mísera haré sentir sobre esta tierra el peso de mi cólera. Veneno, veneno vertiendo, en venganza de mi corazón”.
Y en el verso 837 y ss:
“¿Sufrir yo esta humillación? Yo, diosa de la antigua sabiduría, que odio y abomino a los jóvenes dioses, ¿habitaría contigo esta tierra? ¡Oh no siento más que furor y cólera!”
La contraposición es evidente: el derecho del padre, derecho celeste, olímpico, es proclamado por Zeus, a pesar de que él mismo lo había violado, como se lo reprochan las Erinnias, encadenando a su anciano padre Crono. El derecho de la madre es por el contrario ctónico, subterráneo, al igual que las Erinnias que lo representan, y halla su origen en las profundidades de la tierra. Podíamos expresar también esta contraposición sin falsearla en lo más mínimo del siguiente modo: el derecho materno surge de la materia, pertenece a la vida material del hombre, al cuerpo. El derecho paterno corresponde a la parte inmaterial, espiritual del hombre. El primero de ellos posee una naturaleza corpórea, el segundo incorpórea. También el nombre de las Erinnias llama a la tierra. Según los escolios de Tzetzes a Licofrón to eri, he era significa la tierra. En latín le corresponde terra y también tera (Varón) y en alemán Erde. Erinýs también significa divinidad que habita en la tierra. Equivale a theòs katachthónios (divinidad infernal). Las Erinnias son las potencias que dominan las profundidades de la tierra. Hijas de la noche, crearon a todos los seres que viven en el oscuro seno de la materiaa, toda la vegetación que crece sobre la tierra fue generada por ellas. Ellas alimentan hombres y animales y hacen crecer el fruto del cuerpo materno. Si se enfurecen, todo perece, los frutos de la tierra, al igual que los nacidos de los hombres y los animales. A ellas se le ofrecen las primicias del suelo para la salud de los hijos y la prosperidad de los matrimonios. Por el momento no tendremos necesidad de más testimonios que el pronunciado por las propias Erinnias en Esquilo:
“¡Que no sople jamás un viento funesto para nuestros árboles -os anuncio mis favores-, que los ardores que agostan las yemas de las plantas no traspasen las fronteras del país, y que el triste mal que hace morir las espigas no se arrastre hasta aquí! ¡Que la tierra críe fecundas ovejas, madre cada cual de dos corderos en el tiempo justo y que el producto extraído de la tierra, regalo de Hermes, haga siempre honor al feliz presente de los dioses!”
En lo más profundo de la tierra, en las antiguas profundidades, reciben honores y sacrificios, y se encienden fuegos para festejarlas para que alejen del país todas las desventras y envíen todos los bienes necesarios para el florecimiento de la ciudad. También son divinidades benéficas, que se preocupan de la prosperidad y el bienestar de los hombres: son auténticas Euménides, similares en su esencia terrestre al Agathodaímon (el buen genio) y a la Bona Dea romana. Son llamadas las Diosas Augustas, las semnai theaí, y esta expresión no significa otra cosa que megáloi theoí chthónioi (divinidades infernales). Y como ellas, en las oscuras profundidades de la tierra, engendran a todos los seres vivos y los envían hacia lo alto, a la superficie, a la luz del Sol, del mismo modo todo ser, cuando muere vuelve de nuevo junto a ellas. El ser vivo paga su deuda a la naturaleza, es decir, a la materia. De este modo las Erinnias, al igual que la Tierra, a la que pertenecen, son patronas tanto de la vida como de la muerte. El ser material, telúrico, abraza a ambas, la vida y la muerte. Todas las personificaciones de la fuerza ctónica de la tierra unen en sí mismas dos aspectos, el surgir y el desaparecer, los dos polos entre los que se desarrolla, por decirlo al modo platónico, el movimiento circular de todas las cosas. De este modo Venus, señora de la generación material, también será diosa de la muerte bajo el nombre de Libitinia. Y de este modo en Delfos habría una estatua, llamada Epitimbia, junto a la que se invitaba a los difuntos a subir para participar en los sacrificios destinados a los muertos (Plutarco). E igualmente en una inscripción sepulcral romana, que fue hallada junto al columbario de Campana, Príapo es llamado mortis et vitai lucus. Igualmente en las tumbas nada es más frecuente que las representaciones priápicas, símbolo de la generación material. Existe también una tumba, en la Etruria del Sur, en cuya entrada está representado sobre la jamba izquierda un sporium femenino.
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En la isla sagrada de Delos no sólo estaba prohibido morir, sino también nacer. Del mismo modo el fatal anillo de Giges posee la doble cualidad de volver visible e invisible. Imagen de la fuerza ctónica que ha hallado su expresión mitológica también en el arte de Autólico de convertir lo blanco en negro. En este sentido Mercurio, al igual que Autólico, no es sólo el donante, sino también el ladrón.
Bajo este segundo aspecto las benéficas Euménides se conviertenen diosas terribles y horrendas, hostiles y perniciosas para todo ser que viva sobre la tierra. En este sentido les agradan la destrucción, la sangre y la muerte. Y en este sentido también serán definidas como un monstruo odiado y maldito por parte de los dioses, como una cuadrilla sanguinaria y repugnante, desterrada por Zeus y condenada “a permanecer siempre lejos de él”. En este sentido recompensan a cada cual según sus méritos:
porque la gran muerte juzgará a todos los hombres.
En tanto que deidades de la destrucción, serán también las diosas del destino quienes infrinjan siempre el justo castigo, siendo investidas de este poder por la Moira:
“Ya al nacer se nos asignó la suerte de mantener las manos lejos de los Inmortales. Ninguno de ellos toma parte en nuestros banquetes. Pero los blancos vestidos me están prohibidos... Me corresponde la destrucción de las casas cuando Ares entra y mata a un pariente. Entonces le perseguimos y por poderoso que sea lo anonadamos a causa de la sangre reciente”.
Todos estos aspectos de sus ser se unifican bajo una idea fundamental, en el sentido de que todos ellos deriven de la naturaleza material, telúrica. Las Erinnias son lo que es éra (tierra), es decir la expresión de la vida terrena, corpórea, física, de la existencia telúrica.
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Ahora queda claro cuál es la relación que une al derecho materno con la religión ctónica, es decir, con la religión de la fuerza material, y por el contrario, cuál es el abismo que separa a este derecho del principio espiritual propio del Zeus olímpico y de sus hijos Apolo y Minerva. La mujer es la propia tierra. La mujer es el principio material y el hombre el principio espiritual. Para la mujer y la tierra sirven las palabras de Apolo:
“no es la madre la engendradora del que es llamado su hijo, sino la nodriza del feto apenas en ella sembrado. Generador es el que arroja el semen...”
Platón dice en el Menexeno, seguido por Plutarco, Quaestion smp., literalmente lo que sigue: “no es la tierra la que imita a la mujer, sino la mujer la que imita a la tierra, y esto mismo vale para todos los restantes animales del sexo femenino. Por este motivo es probable que en un principio la tierra hubiese generado a seres perfectos gracias a la fuerza y el poder del creador, sin que para este fin fuesen necesarios los órganos que ahora la naturaleza, a causa de su debilidad, debe colocar en los seres engendrados”. Más tarde, una vez salida la primera generación del regazo materno de la tierra, la perpetuación de la especie será obra de la mujer. Afirma Plutarco en el pasaje ahora citado: “todavía en nuestros días la tierra produce animales completos, como por ejemplo topos en Egipto y serpientes, ranas y grillos en otros lugares, y esto ocurre en el caso de que intervenga otra causa o fuerza exterior. En Sicilia, cuando durante la gerra servil la tierra quedó bañada por mucha sangre, y gran cantidad de cadáveres insepultos entraron en estado de descomposición, salieron a la luz innumerables enjambres de langostas, que se difundieron por toda la isla y devoraron por todas partes las cosechas. Estos animales fueron engendrados y alimentados por la tierra, además la abundancia de alimento los volvió idóneos para engendrar y éstos para satisfacer sus instintos se acoplaron, y luego de acuerdo con sus características naturales, pusieron sus huevos, dando nacimiento a pequeños seres vivos. Este hecho demuestra claramente como los animales fueron originariamente engendrados por la tierra, mientras que ahora sus estirpes se reproducen de un modo diferente, es decir a partir de sí mismas”. Al llevar a cabo su función la mujer también representa a la tierra. Ella es la propia materia terrenal, porque el nombre de ambas, ge (tierra) y gyne (mujer) derivan de la misma raíz, una raíz de la que también derivan gya, es decir, terreno arable y cuerpo materno (Sófocles). En sabino sporium (Plutarco), gyon, es decir, miembro de cien brazos, el ya citado Eyrygýes=Androgeo, y por ultimo también Gigas, Ogyges y gygaia Agriska théa (en Licofrón designa a Atenea Ilica, que es llamada Hýpris en el verso 1143 y Sthéneia, en el 1164).
También la palabra alemana Frauenzimmer se relaciona con esto. Zimmer indica la localización, es decir, una característica de la materia terrestre. La materia de la tierra, tomada en su función maternal, y el lugar de la generación. Plutarco subraya de un modo especial esta propiedad de la materia.
“Platón por consiguiente solía llamar ser inteligible e ideal y modelo al padre, y por el contrario materia y nodriza y sede y lugar de la generación a la madre, y al producto de ambos embrión y generación”.
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El hecho de que los frutos encerrados en una cáscara, sobre todo los guisantes y las nueces, estén consagrados a la Diosa Tierra se relaciona con esto. La envoltura es el vientre materno en el que crece la semilla: es édra kai chora genéseos, sede y lugar de la generación, es das Zimmer. En el sentido erébinthoi (garbanzos, y en sentido figurado testículos) se puede ver la raíz cuya conexión no es subrayada claramente por Plutarco.
En la representación simbólica el locus genitalis corresponde a la cista, que corresponde especialmente a las grandes divinidades maternas y telúricas Deméter y Fortuna, y que sirve para esconder los símbolos místicos, y sobre todo también el falo (Clemente de Alejandría y Eusebio). La misma idea se halla en la base de la representación ritual que consiste en meter a los recién nacidos en cestas, cistulae o lárnakes (urnas), como la de Erictonio o la de Cipselo, que según el derecho femenino lleva el nombre de la cesta de su madre, de Perseo y de Danae, de Tnes y Emitea, y de tantos otros. El hombre lleva el nombre de la tierra sobre todo en la época en la que -como dice Plutarco- tras la desaparición de su virilidad, se vuelve en todo similar a la tierra, en la época en la que de él no queda otra cosa que la materia terrestre de su cierpo, es decir, en la edad senil. En efecto géron (viejo), en alemán Greis, así como grays (vieja), deriva de la raíz ge (tierra). “De modo muy distinto son las cosas con respecto a los viejos, los que ya han perdido sus humores, como parece indicar su propio nombre. Son llamados gerontes (viejos) no porque estén inclinados hacia la tierra, sino porque constitucionalmente se han vuelto semejantes a la tierra”. (Plutarco).
También se podría comparar el término gérontes con el término alíbantes, es decir, los marchitos, que es la palabra con la que se designa a los muertos. Al comienzo del tratado “Sobre si es más útil el agua o el fuego” quizás incorrectamente atribuido a Plutarco se afirma lo siguiente: “El agua presta sus servicios en verano e invierno, en la buena y la mala suerte, de día y de noche, y no hay ninguna circunstancia en la que no tengamos necesidad de ella. Por eso los muertos son llamados alíbantes, término con el que se indica que ellos, en cuanto que de ahí en adelante privados de humedad, también están privados de vida. El hombre ha podido vivir, durante algún tiempo sin fuego, pero nunca sin agua”. Este término también es utilizado por Platón en la República, y es traducido por Scheiermacher por “die Verdorrten” (los disecados”. Se designa de este modo a un estado de desecación similar al de las momias, al que plutarco define como xerotes (aridez) y que podemos observar diáfanamente sobre una tumba de cumas, reproducida e inadecuadamente comentada por jorio.
En la fórmula matrimonial ubi tu Gaius, ibi ego Gaia ambos sexos son designos refiriéndose a la misma raíz gaia (Plutarco). También aquí el hombre lleva el nombre de la tierra mientras no posee una potencialidad generatriz activa, del mismo modo que la mujer lo lleva cuando dispone de una potencia generadora receptiva, pasiva. También aquí se destaca el carácter unitario de la fuerza de la tierra y la necesaria complementareidad de ambos sexos, que en el momento en el que tierra genera por primera vez las criaturas todavía no se hallaban diferenciados.
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Creo que ahora resultará mucho más comprensible la correlación existente entre el derecho materno y las Erinnias, y sobre todo entre matriarcado y religión ctónica de la tierra. El derecho materno es el derecho de la vida material, el derecho de la tierra, de la que la vida toma sus orígenes. Por el contrario el derecho paterno es el derecho de nuestra naturaleza inmaterial e incorpórea. El primero de ellos es el derecho de las divinidades que habitan en las oscuras profundidades de la tierra, el segundo es el derecho del olímpico que truena muy por encima de la tierra, a la altura del Sol. El primero es el derecho físico, el segundo el metafísico. A nivel de su máximo desarrollo tanto Apolo como Atenea poseen una naturaleza metafísica: Atenea carece de madre, sale completa de la cabeza del olímpico, es decir, de la sede del más elevado intelecto divino, al igual que la palabra sale de la boca (Esquilo, Suplicantes).
El dercho materno caracteriza a la Humanidad y a su concepción religiosa en un periodo que concebía a la materia, es decir a la tierra, como la más segura sede de la fuerza material. El derecho paterno caracteriza por el contrario a un periodo en el que según lo que Plutarco otorga como mérito a Anaxágoras, junto a la materia había surgido un artífice, pero el propio Anaxágoras enseñaba que los animales habían brotado de la tierra. También Empédocles.
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De este tránsito del derecho materno al derecho paterno coincide con una de las frases del desarrollo de la religión humana, y con el progreso del principio religioso material al intelectual, del físico al metafísico. Aquí se eleva, aquí se alza de la tierra al cielo. El derecho paterno emana de Zeus, el materno de la tierra.
La ley que gobierna el desarrollo de las religiones antiguas, y en general de todas las religiones, puede concebirse como un proceso de elevación idéntico.
Un estudio en profundidad de la antigua mitología hace surgvir a los dioses de aquella época como pirámides, cuya amplia base reposa sobre la tierra -residencia eternamente segura para los mortales e inmortales, édos asphales aeí, (sede siempre segura), como la llama Hesíodo, mientras su vértice alcanza el cielo. Sus fundamentos también son ctonios y materiales, mientras su más pura configuración final es metafísica y espiritual. Diodoro dice que los dioses egipcios parecen haber nacido todos ellos del Nilo y lo mismo afirma con referencia a la mayor parte de estos dioses Cicerón en su De nat, deorum. Y sin embargo estos dioses al final, o al menos en el caso de Osiris, han tomado una forma espiritual, en la que el substrato material aparece como superado y relegado a un segudo plano. Los mismos Apolo y Atenea, y en particular Atenea, que en el último estadio de su desarrollo llega a ser un ser de naturaleza exclusivamente espiritual, hunde profundamente sus raíces en la materia. Un tratamiento exhaustivo de este tema requeriría un grueso volumen monográfico.
Este carácter suyo ha sido correctamente puesto de manifiesto para Apolo-Helate (que al igual que Diana-Hekate, fue llamado por los antiguos triplex) por el duque de Luynes en su artículo sobre el vaso vulcentico de Giges, y en el caso de Atenea por Gehrard en su artículo sobre el metroon ateniense, pero a pesar de estas aportaciones la cuestión sigue seindo susceptible de futuros desarrollados. Sólo queda un punto que considero necesario profundamente en este lugar. En el mito contado por Varrón, del que antes nos habíamos ocupado, Atenea representa al derecho materno, mientras que en la tragedia de Esquilo representa al derecho paterno.. en él defendóia el derecho de las Erinnias, en ésta el derecho de Zeus olímpico. ¿No hay quizáss en esto una contradicción? En absoluto. Como pertenece esencialmente a la materia. Atenea no es en lo fundamental menos material que las Erinnias, era venerada tanto en el Metroon de Atenas como en la Elide como madre, como causa de toda generación material , como Gygaia Agriska théa (así define Licofrón a Atenea Ilia) y al igual que Artemis, su forma espiritual más elevada se halla despojada de todo residuo material y nace sin mediación materna de la cabeza del gran Zeus, representa al ser eterno puramente espiritual, del que el mismo Esquilo dice que se contempla a sí mismo sin estar subordinado a nadie, y del que todo dimana, del mismo modo que la palabra sale de la boca. El derecho materno del mito referido por Varrón es solamente el de la primera Atenea material, venerada como madre en el Metroon, la posterior Atenea puramente espiritual tal y como la representa Esquilo y como la concibe la religion helénica desarrollada representa al derecho paterno, que surge a partir de este fundamento espiritual.
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Basándonos en estas observaciones será fácil valorar en la plenitud de su significado un último punto del drama esquíleo.
Las Erinnias intervienen para vengar el matricidio; mientras Clitemnestra estuvo viva, sin embargo, no la persiguieron por haber matado a su marido. Es lo que Orestes les reprochaba en el pasaje antes citado y a lo que las diosas ctonias le respondían:
“No era de su misma sangre el hombre al que mató”.
Es cierto que Clitemnestra paga su culpa con su muerte, pero es únicamente después del matricidio cuando aparecen las Erinnias para perseguir al hijo culpable, y sólo el hecho de que se haya derramado la sangre materna las despierta de su sueño, las llama de las antiguas profundidades de la tierra, de las que no habían salido tras el delito de Clitemnestra. ¿Por qué motivo? La respuesta es muy simple. La Erinnia es la propia tierra, es la gran madre de toda la vida terrena, es la materia materna. Y con ella se identifica la mujer, que ocupa su misma posición y cumple la misma función que la tierra. El matricidio hiere pues a las Erinnias, les inflama el corazón. El que vierte la sangre materna ofende a la propia tierra y viola en la persona de la madre el derecho de la tierra materna porque ella no es más que un representante de ésta. Por ello es la propia tierra la que se levanta para vengar la infracción al derecho materno, la misma tierra ha sido ultrajada, el orden de las cosas, el derecho de la naturaleza, el más elevado derecho divino de esa época es sacudido en sus cimientos, es trastocado. Al morir, la madre asesina vuelve a la tierra, la madre humana se une a la madre divina, al alma de la tierra, a la que pertenece y a la que ha representado en vida.
La propia Clitemnestra se convierte ahora en Demetes Erinys (Pausanias). En las Erinnias Orestes descubre a las Erinniass de su madre, a los espíritus enojados de su madre, a su propia madre (Pausanias). La madre mortal se ha unido a la Madre-Tierra inmortal, muriendo se ha transformado en ella y se ha convertido de este modo en Demetes Erinys. Es verdad que todos los muertos se convierten en Demetreiloi y también son llamados con este nombre, es cierto que todos ellos se convierten en dii manes junto a la gran madre Mana Genita (Plutarco), es cierto que de todos los muertos se dice que son buenos, chrestoí, que también se unen todos al telúrico Agathodaímon, a la telúrica Bona Dea pro todo esto adquiere un significado especialísimo en el caso de la Madre-Tierra inmortal, muriendo se ha transformado en ella y se ha convertido de este modo en Demetes Erinys.
Es verdad que todos los muertos se convierten en Demetreioi y también son llamados con este nombre (Plutarco) es cierto que se convierten en dii manes junto a la gran Madre Mana Genita, es cierto que de todos los muertos se dice que son buenos, chrestoi, que también se unen todos al telúrico Agathodaímon, a la telúrica Bona Dea pero todo esto adquiere un significado especialísimo en el caso de la madre, porque ya durante la vida ella es una imagen de la madre-Tierra a la que representa entre las criaturas mortales. Y es también esta unión íntima la que en caso de matricidio desencadena a la propia tierra.
Los demás asesinatos se dejan a la venganza de los hombres y así a Orestes le corresponderá vengar a Agamenón. El matricida por el contrario será perseguido por la propia Tierra. Cualquier otro asesino puede evitar la venganza del hombre gracias a su habilidad, a su fiera o su valor, mientras que el matricida se convierte en presa de la Tierra vengadora sin posibilidad alguna de salvación.
Este ha violado la más importante ley material, la ley de la Madre-Tierra, la ley más elevada que está en la base de todo. El ha alterado el orden de la naturaleza telúrica y debe por consiguiente reestablecer este orden mediante su propia muerte, hasta que ello no ocurra la Tierra, herida en su dignidad materna, no dará más fruto, no cumplirá su función material. Este es el significado de las palabras que Esquilo pone en labios de las Erinnias en la trilogía que estamos estudiando. Estas reclaman la muerte del asesino de la madre con el fin de que a través de esta muerte se reestablezca el ordenamiento materno propio de la naturaleza telúrica.
“¿Oh madre, madre noche, tú que me has engendrado para castigar igualmente a los que ven la luz y a los que ya no la ven, escucha mi voz! El hijo de Leto quiere humillarme arrancándome esta liebre, única prenda que puede expiar el asesinato de una madre”.
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Johann Jacob Bachofen
La propia mujer reconoce la validez superior del derecho del hombre. En la figura de Atenea la maternidad material aparece sublimada en una espiritualidad liberada del lazo con la madre. También ella, como la sacerdotisa de Dodona, ha sido purificada mediante la luz de las escorias de la materia y elevada al nivel superior representado por el principio masculino de la divinidad. El antiguo derecho telúrico de las Erinnias ha sido infringido, las sanguinarias madres telúricas se pliegan espontáneamente a la nueva ley, contentas de haber sido liberadas de su horrible deber. Lo mismo le ocurre a la sacerdotisa Dodona. A través de Apolo se lleva a cabo la expiación de Orestes, a través del dios masculino se limpia la mancha del matricidio. El mismo pensamiento se halla en la base del robo del trípode beocio. El principio de la luz, gracias al cual los asesinos como Orestes consiguen la expiación y la absolución, es celebrado por los cadmeos en la propia Dodona y obtiene un reconocimiento oficial como lo demuestra la exposición del trípode sagrado.
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El número dos, de carácter material y femenino, que en la dualidad de las sacerdotisas aludía al originario dualismo, es elevado en el trípode a la perfección del tres, a la armoniosaa trinidad. El nivel inferior, representado por el principio religioso telúrico-material, que emerge claramente en el culto de Zeus Aqueloo en Dodona, cede ante el orden cósmico superior que se lleva a cabo con el principio de la luz y que se revela en la sucesión de las tres estaciones del año. Por este motivo debe repetirse anualmente la consagración del trípode. El hecho de que el trípode deba ser sacado de Tebas durante la noche y escondido alude también al tránsito del principio telúrico al de la luz. Y también es igualmente reconocible en la Trakñia pareýresis (engaño tracio). La noche se halla asimilada al principio materno y material. Y ambos se contraponen al principio paterno y al día, que se conjugan con el principio de la luz. El día nace de la noche como el hijo del cuerpo de la madre y como la encina de Zeus de la tierra. La madre es la entidad originaria, entra a formar parte del mundo invisible antes del hombre generador, que opera invisible en la profundidad de la tierra y que sólo en el hijo se manifiesta en su visible exterioridad.
Es cierto que en la encina se reconoce la imagen de Zeus pero solamente la mujer es de por sí visible y existente. El hijo se convierte entonces en padre y la madre se sitúa junto a su hijo como mujer.
De este modo se presentan en Dodona Dione-Venus y Zeus-Aqueloo: la primera como tierra-materia, madre de los frutos y el segundo como la fuerza generatriz del agua, que toma una apariencia sobre todo mediante el nacimiento, es decir, generando la encina que despunta hacia lo alto. Si en el dios se venera la fuerza que genera todo fruto “la fuerza vital por medio de la que todas las cosas nacen de la tierra” (Filóstrato), ello sin embargo presupone a la mujer originaria. En Dodona el principio materno domina la naturaleza: su símbolo es la paloma de Afrodita. Las sacerdotisas que llevan el nombre de este animal (al igual que otras abejas y osas se congregan en otras partes en torno a análogas Madres-Naturaleza) preparan el culto y comunican los secretos revelados por la divinidad, del mismo modo que la tierra en el acto generador muestra la existencia de una fuerza creadora y el misterio de la generación que se realiza en su oscuro seno.
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Las costumbres licias también se hallan atestiguadas en la antigua Atica. Al igual que Asia, allí aparecen como el derecho originario de ese pueblo, y al igual que Asia también se hallan estrechamente vinculadas con la religión, en tanto que se relacionan con el culto de Atenea, la divinidad femenina y con el propio nombre femenino de la ciudad.
La narración de Varrón puede confrontarse con otra similar, conservada por Estrabón que recoge un pasaje de Eforo. Refiriéndose a la guerra que los cadmeos de Beocia llevaron a cabo a su vuelta de Tesalia contra los pueblos que los habían expulsado anteriormente, o sea contra los tracios, iantos y pelasgos -guerra que terminó con la migración de estos últimos hacia Atenas, con el tránsito de los tracios hacia el Parnaso y con la fundación de la ciudad de Iampolis en Fócide- se cuenta en el texto: “dice Eforo que los tracios, tras haber estipulado un armisticio con los beocios, los atacaron de noche, en un momento en el que éstos habían aflojado la guardia. Pero los beocios consiguieron defenderse victoriosamente, y echándole en cara a los tracios la violación del tratado de paz, se les respondió diciéndoles que el armisticio se había pactado únicamente haciendo referencia al día, y que ellos habían sido atacados por la noche. De aquí habría salido el proverbio: Thrakía pareýresis (pretexto tracio). Los pelasgos por el contrario se habían ido a consultar el oráculo mientras la guerra todavíaa estaba en curso, y lo mismo hicieron los beocios. La respuesta que recibieron los primeros no la conozco, a los beocios la sacerdotisa les respondió diciéndoles que hubiesen vencido en esa guerra si hubiesen llevado a cabo un comportamiento impío.
Había surgido la sospecha entre los enviados de que la respuesta de la sacerdotisa pretendía favorecer a los pelasgos, porque ésta pertenecía a su estirpe, en tanto que el santuario era de origen pelasgo. (estrabón). Entonces agarraron a la sacerdotisa y la arrojaron a una hoguera, pensando que su acto, fuese justo o injusto, lograría en ambos casos su fin: así si el oráculo de la sacerdotisa era falso habría recibido en efecto su justo castigo y si era cierto entonces en cualquier caso ellos habrían seguido la orden que habían recibido.
Las autoridades encargadas del templo no consideraron oportuno condenar inmediatamente a muerte a los presponsables dentro del propio santuario y sin interrogatorio previo. Constituyeron por lo tanto un tribunal y quisieron llamar para el cumplimiento de esta funciòn a la sacerdotisa, a saber, a las dos profetisas supervivientes de las tres originariamente existentes. Pero comolos beocios se oponían afirmando que en ningún lugar del mundo se solía confiar una sentencia a las mujeres, las autoridades del templo decidieron que dos hombres contrapesasen a las mujeres. Y como los hombres se pronunciaron a favor de la absolución y las mujeres a favor de la condena, y dada la igualdad de votos, prevaleció el veredicto absolutorio. De este hecho deriva la costumbre de que en Dodona los oráculos encargados por los beocios fuesen primero pronunciados por los hombres. Las profetisas a su vez interpretaron su oráculo en el sentido de que el dios ordenaba a los beocios que robasen los trípodes que se hallaban en su propio país y que los llevasen anualmente a Dodona. Y esto ocurre realmente porque cada año ellos llevan por la noche a Dodona uno de sus trípodes sagrados escondido bajo su manto”.
Esta singular narración, que al igual que la de Varrón, no suele tomarse en consideración, revela una vez más que el principio natural femenino es el más antiguo y que sólo posteriormente el principio masculino entró en conflicto con él, conflicto del que los hombres salieron victoriosos.
Las mujeres condenaron y los hombres absolvieron. En base al principio más antiguo, el material y femenino, los beocios son culpables. Matando a la sacerdotisa ultrajaron a la propia tierra, cuya maternidad es celebrada por las Pléyades (Pausanias). Basándose en el derecho espiritual patriarcal, por el contrario, son inocentes: sacrificaron la mujer a un principio natural, es decir, el de la virilidad generatriz y fundaron el dominio del principio de la luz en la herida infringida a la maternidad telúrica. La sacerdotisa halla la muerte en la hoguera: purificada mediante el fuego de la escorias de su naturaleza mortal va a unirse al principio superior de la luz, cuya incorpórea fuerza despierta desde lo alto en la corpórea tierra el núcleo de la vida. De este modo el propio crimen sirve para propiciar una suerte benigna, ya que basándose en el propio oráculo rendido por la sacerdotisa es posible el desarrollo del progreso.
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Vemos pues como Teseo hace avanzar el mismo principio al que Belerofonte había abierto el camino, y que tenía sus exponentes en Perseo, Aquiles y Heracles. En la base de todas estas leyendas subyace la misma concepción: el logro de una condición superior del hombre y del Estado se basa en la superación del derecho materno. Los mismos héroes que destruyen a las brutales fuerzas telúricas aparecen también como benefactores y protectores de la humanidad y serán quienes destruyan al amazonismo. Todavía mucho más significativo es el hecho de que Atenea escoja como sede del tribunal no el Delfinio (Eliano9, sino el lugar en el que acamparon las Amazonas, la colina de Ares, a cuyos pies que justamente en ese lugar la absolución de orestes, decretada por el primer tribunal de sangre, anuncie el final del derecho materno. La sede del antiguo derecho era ahora utilizada por el nuevo, o bien, dado que las dos concepciones jurídicas hallan sus raíces en dos concepciones religiosas diferentes, podría también decirse que la sede del antiguo culto ctónico servirá ahora al nuevo culto. Atenea, la diosa que carece de madre, se inclina, exceptuando el matrimonio, a todo lo que es masculino, tal y como la define Esquilo /Euménides) e instituye el Areópogo sobre el lugar ocupado por las Amazonas, que vivían sin hombres y eran enemigas de estos. Lo que antes servía a la antigua religión será ahora consagrado a la nueva. La religión cristiana también ha practicado su nuevo culto divino preferentemente en lugares de culto pagano y directamente incluso en los templos paganos, y con objetos de culto paganos. Lo que había servido a los falsos dioses debería contribuir ahora a la glorificación del único dios verdadero, tal y como Marangoni ha puesto claramente de manifiesto en su libro: Delle cose gentilesche e profane ad uso di ornamento delle chiese, Roma.
Pero de Esquilo todavía pueden recabarse más enseñanzas acerca de nuestro tema. La contraposición entre derecho paterno y derecho materno es expresada por Esquilo también bajo otro aspecto. El nuevo derecho es el derecho celeste del Zeus Olímpico y el derecho antiguo provenga del olímpico es proclamado por Orestes, que inmediatamente tras su absolución gracias a la intervención de Atenea, pronuncia las siguientes palabras:
“Oh Palas, salvadora de mi casa. Despojado de la tierra de mis padres, tú me has devuelto a ella! Y alguien de entre los helenos dirá: ¡he aquí que este hombre vuelve a ser ciudadano de Argos y habita en las posesiones paternas gracias a Palas y Loxias, y gracias al supremo árbitro, al dios salvador, que compadeciéndose del destino de mi padre me ha salvado, ante estas defendedoras de la causa de mi madre”
Esto también es expuesto por la propia Atenea.
“Había brillantes testimonios de parte de Zeus y los traía el mismo dios que había predicho que Orestes no sería castigado por su acción”.
Y gritan por el contrario las Erinnias:
“Qué mortal no siente respeto y temor al oir la ley que nos ha fijado la Moira y que han ratificado los dioses. Conservo mi antiguo privilegio y tengo mis honores, aunque tengo mi morada bajo tierra y en tinieblas sin sol”.
Y luego tras ser absuelto Orestes:
“Ay, jóvenes dioses!, habéis pisoteado las leyes antiguas, y me habéis arrancado la presa que ya tenía en mis manos. Pero yo, deshonrada y mísera haré sentir sobre esta tierra el peso de mi cólera. Veneno, veneno vertiendo, en venganza de mi corazón”.
Y en el verso 837 y ss:
“¿Sufrir yo esta humillación? Yo, diosa de la antigua sabiduría, que odio y abomino a los jóvenes dioses, ¿habitaría contigo esta tierra? ¡Oh no siento más que furor y cólera!”
La contraposición es evidente: el derecho del padre, derecho celeste, olímpico, es proclamado por Zeus, a pesar de que él mismo lo había violado, como se lo reprochan las Erinnias, encadenando a su anciano padre Crono. El derecho de la madre es por el contrario ctónico, subterráneo, al igual que las Erinnias que lo representan, y halla su origen en las profundidades de la tierra. Podíamos expresar también esta contraposición sin falsearla en lo más mínimo del siguiente modo: el derecho materno surge de la materia, pertenece a la vida material del hombre, al cuerpo. El derecho paterno corresponde a la parte inmaterial, espiritual del hombre. El primero de ellos posee una naturaleza corpórea, el segundo incorpórea. También el nombre de las Erinnias llama a la tierra. Según los escolios de Tzetzes a Licofrón to eri, he era significa la tierra. En latín le corresponde terra y también tera (Varón) y en alemán Erde. Erinýs también significa divinidad que habita en la tierra. Equivale a theòs katachthónios (divinidad infernal). Las Erinnias son las potencias que dominan las profundidades de la tierra. Hijas de la noche, crearon a todos los seres que viven en el oscuro seno de la materiaa, toda la vegetación que crece sobre la tierra fue generada por ellas. Ellas alimentan hombres y animales y hacen crecer el fruto del cuerpo materno. Si se enfurecen, todo perece, los frutos de la tierra, al igual que los nacidos de los hombres y los animales. A ellas se le ofrecen las primicias del suelo para la salud de los hijos y la prosperidad de los matrimonios. Por el momento no tendremos necesidad de más testimonios que el pronunciado por las propias Erinnias en Esquilo:
“¡Que no sople jamás un viento funesto para nuestros árboles -os anuncio mis favores-, que los ardores que agostan las yemas de las plantas no traspasen las fronteras del país, y que el triste mal que hace morir las espigas no se arrastre hasta aquí! ¡Que la tierra críe fecundas ovejas, madre cada cual de dos corderos en el tiempo justo y que el producto extraído de la tierra, regalo de Hermes, haga siempre honor al feliz presente de los dioses!”
En lo más profundo de la tierra, en las antiguas profundidades, reciben honores y sacrificios, y se encienden fuegos para festejarlas para que alejen del país todas las desventras y envíen todos los bienes necesarios para el florecimiento de la ciudad. También son divinidades benéficas, que se preocupan de la prosperidad y el bienestar de los hombres: son auténticas Euménides, similares en su esencia terrestre al Agathodaímon (el buen genio) y a la Bona Dea romana. Son llamadas las Diosas Augustas, las semnai theaí, y esta expresión no significa otra cosa que megáloi theoí chthónioi (divinidades infernales). Y como ellas, en las oscuras profundidades de la tierra, engendran a todos los seres vivos y los envían hacia lo alto, a la superficie, a la luz del Sol, del mismo modo todo ser, cuando muere vuelve de nuevo junto a ellas. El ser vivo paga su deuda a la naturaleza, es decir, a la materia. De este modo las Erinnias, al igual que la Tierra, a la que pertenecen, son patronas tanto de la vida como de la muerte. El ser material, telúrico, abraza a ambas, la vida y la muerte. Todas las personificaciones de la fuerza ctónica de la tierra unen en sí mismas dos aspectos, el surgir y el desaparecer, los dos polos entre los que se desarrolla, por decirlo al modo platónico, el movimiento circular de todas las cosas. De este modo Venus, señora de la generación material, también será diosa de la muerte bajo el nombre de Libitinia. Y de este modo en Delfos habría una estatua, llamada Epitimbia, junto a la que se invitaba a los difuntos a subir para participar en los sacrificios destinados a los muertos (Plutarco). E igualmente en una inscripción sepulcral romana, que fue hallada junto al columbario de Campana, Príapo es llamado mortis et vitai lucus. Igualmente en las tumbas nada es más frecuente que las representaciones priápicas, símbolo de la generación material. Existe también una tumba, en la Etruria del Sur, en cuya entrada está representado sobre la jamba izquierda un sporium femenino.
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En la isla sagrada de Delos no sólo estaba prohibido morir, sino también nacer. Del mismo modo el fatal anillo de Giges posee la doble cualidad de volver visible e invisible. Imagen de la fuerza ctónica que ha hallado su expresión mitológica también en el arte de Autólico de convertir lo blanco en negro. En este sentido Mercurio, al igual que Autólico, no es sólo el donante, sino también el ladrón.
Bajo este segundo aspecto las benéficas Euménides se conviertenen diosas terribles y horrendas, hostiles y perniciosas para todo ser que viva sobre la tierra. En este sentido les agradan la destrucción, la sangre y la muerte. Y en este sentido también serán definidas como un monstruo odiado y maldito por parte de los dioses, como una cuadrilla sanguinaria y repugnante, desterrada por Zeus y condenada “a permanecer siempre lejos de él”. En este sentido recompensan a cada cual según sus méritos:
porque la gran muerte juzgará a todos los hombres.
En tanto que deidades de la destrucción, serán también las diosas del destino quienes infrinjan siempre el justo castigo, siendo investidas de este poder por la Moira:
“Ya al nacer se nos asignó la suerte de mantener las manos lejos de los Inmortales. Ninguno de ellos toma parte en nuestros banquetes. Pero los blancos vestidos me están prohibidos... Me corresponde la destrucción de las casas cuando Ares entra y mata a un pariente. Entonces le perseguimos y por poderoso que sea lo anonadamos a causa de la sangre reciente”.
Todos estos aspectos de sus ser se unifican bajo una idea fundamental, en el sentido de que todos ellos deriven de la naturaleza material, telúrica. Las Erinnias son lo que es éra (tierra), es decir la expresión de la vida terrena, corpórea, física, de la existencia telúrica.
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Ahora queda claro cuál es la relación que une al derecho materno con la religión ctónica, es decir, con la religión de la fuerza material, y por el contrario, cuál es el abismo que separa a este derecho del principio espiritual propio del Zeus olímpico y de sus hijos Apolo y Minerva. La mujer es la propia tierra. La mujer es el principio material y el hombre el principio espiritual. Para la mujer y la tierra sirven las palabras de Apolo:
“no es la madre la engendradora del que es llamado su hijo, sino la nodriza del feto apenas en ella sembrado. Generador es el que arroja el semen...”
Platón dice en el Menexeno, seguido por Plutarco, Quaestion smp., literalmente lo que sigue: “no es la tierra la que imita a la mujer, sino la mujer la que imita a la tierra, y esto mismo vale para todos los restantes animales del sexo femenino. Por este motivo es probable que en un principio la tierra hubiese generado a seres perfectos gracias a la fuerza y el poder del creador, sin que para este fin fuesen necesarios los órganos que ahora la naturaleza, a causa de su debilidad, debe colocar en los seres engendrados”. Más tarde, una vez salida la primera generación del regazo materno de la tierra, la perpetuación de la especie será obra de la mujer. Afirma Plutarco en el pasaje ahora citado: “todavía en nuestros días la tierra produce animales completos, como por ejemplo topos en Egipto y serpientes, ranas y grillos en otros lugares, y esto ocurre en el caso de que intervenga otra causa o fuerza exterior. En Sicilia, cuando durante la gerra servil la tierra quedó bañada por mucha sangre, y gran cantidad de cadáveres insepultos entraron en estado de descomposición, salieron a la luz innumerables enjambres de langostas, que se difundieron por toda la isla y devoraron por todas partes las cosechas. Estos animales fueron engendrados y alimentados por la tierra, además la abundancia de alimento los volvió idóneos para engendrar y éstos para satisfacer sus instintos se acoplaron, y luego de acuerdo con sus características naturales, pusieron sus huevos, dando nacimiento a pequeños seres vivos. Este hecho demuestra claramente como los animales fueron originariamente engendrados por la tierra, mientras que ahora sus estirpes se reproducen de un modo diferente, es decir a partir de sí mismas”. Al llevar a cabo su función la mujer también representa a la tierra. Ella es la propia materia terrenal, porque el nombre de ambas, ge (tierra) y gyne (mujer) derivan de la misma raíz, una raíz de la que también derivan gya, es decir, terreno arable y cuerpo materno (Sófocles). En sabino sporium (Plutarco), gyon, es decir, miembro de cien brazos, el ya citado Eyrygýes=Androgeo, y por ultimo también Gigas, Ogyges y gygaia Agriska théa (en Licofrón designa a Atenea Ilica, que es llamada Hýpris en el verso 1143 y Sthéneia, en el 1164).
También la palabra alemana Frauenzimmer se relaciona con esto. Zimmer indica la localización, es decir, una característica de la materia terrestre. La materia de la tierra, tomada en su función maternal, y el lugar de la generación. Plutarco subraya de un modo especial esta propiedad de la materia.
“Platón por consiguiente solía llamar ser inteligible e ideal y modelo al padre, y por el contrario materia y nodriza y sede y lugar de la generación a la madre, y al producto de ambos embrión y generación”.
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El hecho de que los frutos encerrados en una cáscara, sobre todo los guisantes y las nueces, estén consagrados a la Diosa Tierra se relaciona con esto. La envoltura es el vientre materno en el que crece la semilla: es édra kai chora genéseos, sede y lugar de la generación, es das Zimmer. En el sentido erébinthoi (garbanzos, y en sentido figurado testículos) se puede ver la raíz cuya conexión no es subrayada claramente por Plutarco.
En la representación simbólica el locus genitalis corresponde a la cista, que corresponde especialmente a las grandes divinidades maternas y telúricas Deméter y Fortuna, y que sirve para esconder los símbolos místicos, y sobre todo también el falo (Clemente de Alejandría y Eusebio). La misma idea se halla en la base de la representación ritual que consiste en meter a los recién nacidos en cestas, cistulae o lárnakes (urnas), como la de Erictonio o la de Cipselo, que según el derecho femenino lleva el nombre de la cesta de su madre, de Perseo y de Danae, de Tnes y Emitea, y de tantos otros. El hombre lleva el nombre de la tierra sobre todo en la época en la que -como dice Plutarco- tras la desaparición de su virilidad, se vuelve en todo similar a la tierra, en la época en la que de él no queda otra cosa que la materia terrestre de su cierpo, es decir, en la edad senil. En efecto géron (viejo), en alemán Greis, así como grays (vieja), deriva de la raíz ge (tierra). “De modo muy distinto son las cosas con respecto a los viejos, los que ya han perdido sus humores, como parece indicar su propio nombre. Son llamados gerontes (viejos) no porque estén inclinados hacia la tierra, sino porque constitucionalmente se han vuelto semejantes a la tierra”. (Plutarco).
También se podría comparar el término gérontes con el término alíbantes, es decir, los marchitos, que es la palabra con la que se designa a los muertos. Al comienzo del tratado “Sobre si es más útil el agua o el fuego” quizás incorrectamente atribuido a Plutarco se afirma lo siguiente: “El agua presta sus servicios en verano e invierno, en la buena y la mala suerte, de día y de noche, y no hay ninguna circunstancia en la que no tengamos necesidad de ella. Por eso los muertos son llamados alíbantes, término con el que se indica que ellos, en cuanto que de ahí en adelante privados de humedad, también están privados de vida. El hombre ha podido vivir, durante algún tiempo sin fuego, pero nunca sin agua”. Este término también es utilizado por Platón en la República, y es traducido por Scheiermacher por “die Verdorrten” (los disecados”. Se designa de este modo a un estado de desecación similar al de las momias, al que plutarco define como xerotes (aridez) y que podemos observar diáfanamente sobre una tumba de cumas, reproducida e inadecuadamente comentada por jorio.
En la fórmula matrimonial ubi tu Gaius, ibi ego Gaia ambos sexos son designos refiriéndose a la misma raíz gaia (Plutarco). También aquí el hombre lleva el nombre de la tierra mientras no posee una potencialidad generatriz activa, del mismo modo que la mujer lo lleva cuando dispone de una potencia generadora receptiva, pasiva. También aquí se destaca el carácter unitario de la fuerza de la tierra y la necesaria complementareidad de ambos sexos, que en el momento en el que tierra genera por primera vez las criaturas todavía no se hallaban diferenciados.
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Creo que ahora resultará mucho más comprensible la correlación existente entre el derecho materno y las Erinnias, y sobre todo entre matriarcado y religión ctónica de la tierra. El derecho materno es el derecho de la vida material, el derecho de la tierra, de la que la vida toma sus orígenes. Por el contrario el derecho paterno es el derecho de nuestra naturaleza inmaterial e incorpórea. El primero de ellos es el derecho de las divinidades que habitan en las oscuras profundidades de la tierra, el segundo es el derecho del olímpico que truena muy por encima de la tierra, a la altura del Sol. El primero es el derecho físico, el segundo el metafísico. A nivel de su máximo desarrollo tanto Apolo como Atenea poseen una naturaleza metafísica: Atenea carece de madre, sale completa de la cabeza del olímpico, es decir, de la sede del más elevado intelecto divino, al igual que la palabra sale de la boca (Esquilo, Suplicantes).
El dercho materno caracteriza a la Humanidad y a su concepción religiosa en un periodo que concebía a la materia, es decir a la tierra, como la más segura sede de la fuerza material. El derecho paterno caracteriza por el contrario a un periodo en el que según lo que Plutarco otorga como mérito a Anaxágoras, junto a la materia había surgido un artífice, pero el propio Anaxágoras enseñaba que los animales habían brotado de la tierra. También Empédocles.
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De este tránsito del derecho materno al derecho paterno coincide con una de las frases del desarrollo de la religión humana, y con el progreso del principio religioso material al intelectual, del físico al metafísico. Aquí se eleva, aquí se alza de la tierra al cielo. El derecho paterno emana de Zeus, el materno de la tierra.
La ley que gobierna el desarrollo de las religiones antiguas, y en general de todas las religiones, puede concebirse como un proceso de elevación idéntico.
Un estudio en profundidad de la antigua mitología hace surgvir a los dioses de aquella época como pirámides, cuya amplia base reposa sobre la tierra -residencia eternamente segura para los mortales e inmortales, édos asphales aeí, (sede siempre segura), como la llama Hesíodo, mientras su vértice alcanza el cielo. Sus fundamentos también son ctonios y materiales, mientras su más pura configuración final es metafísica y espiritual. Diodoro dice que los dioses egipcios parecen haber nacido todos ellos del Nilo y lo mismo afirma con referencia a la mayor parte de estos dioses Cicerón en su De nat, deorum. Y sin embargo estos dioses al final, o al menos en el caso de Osiris, han tomado una forma espiritual, en la que el substrato material aparece como superado y relegado a un segudo plano. Los mismos Apolo y Atenea, y en particular Atenea, que en el último estadio de su desarrollo llega a ser un ser de naturaleza exclusivamente espiritual, hunde profundamente sus raíces en la materia. Un tratamiento exhaustivo de este tema requeriría un grueso volumen monográfico.
Este carácter suyo ha sido correctamente puesto de manifiesto para Apolo-Helate (que al igual que Diana-Hekate, fue llamado por los antiguos triplex) por el duque de Luynes en su artículo sobre el vaso vulcentico de Giges, y en el caso de Atenea por Gehrard en su artículo sobre el metroon ateniense, pero a pesar de estas aportaciones la cuestión sigue seindo susceptible de futuros desarrollados. Sólo queda un punto que considero necesario profundamente en este lugar. En el mito contado por Varrón, del que antes nos habíamos ocupado, Atenea representa al derecho materno, mientras que en la tragedia de Esquilo representa al derecho paterno.. en él defendóia el derecho de las Erinnias, en ésta el derecho de Zeus olímpico. ¿No hay quizáss en esto una contradicción? En absoluto. Como pertenece esencialmente a la materia. Atenea no es en lo fundamental menos material que las Erinnias, era venerada tanto en el Metroon de Atenas como en la Elide como madre, como causa de toda generación material , como Gygaia Agriska théa (así define Licofrón a Atenea Ilia) y al igual que Artemis, su forma espiritual más elevada se halla despojada de todo residuo material y nace sin mediación materna de la cabeza del gran Zeus, representa al ser eterno puramente espiritual, del que el mismo Esquilo dice que se contempla a sí mismo sin estar subordinado a nadie, y del que todo dimana, del mismo modo que la palabra sale de la boca. El derecho materno del mito referido por Varrón es solamente el de la primera Atenea material, venerada como madre en el Metroon, la posterior Atenea puramente espiritual tal y como la representa Esquilo y como la concibe la religion helénica desarrollada representa al derecho paterno, que surge a partir de este fundamento espiritual.
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Basándonos en estas observaciones será fácil valorar en la plenitud de su significado un último punto del drama esquíleo.
Las Erinnias intervienen para vengar el matricidio; mientras Clitemnestra estuvo viva, sin embargo, no la persiguieron por haber matado a su marido. Es lo que Orestes les reprochaba en el pasaje antes citado y a lo que las diosas ctonias le respondían:
“No era de su misma sangre el hombre al que mató”.
Es cierto que Clitemnestra paga su culpa con su muerte, pero es únicamente después del matricidio cuando aparecen las Erinnias para perseguir al hijo culpable, y sólo el hecho de que se haya derramado la sangre materna las despierta de su sueño, las llama de las antiguas profundidades de la tierra, de las que no habían salido tras el delito de Clitemnestra. ¿Por qué motivo? La respuesta es muy simple. La Erinnia es la propia tierra, es la gran madre de toda la vida terrena, es la materia materna. Y con ella se identifica la mujer, que ocupa su misma posición y cumple la misma función que la tierra. El matricidio hiere pues a las Erinnias, les inflama el corazón. El que vierte la sangre materna ofende a la propia tierra y viola en la persona de la madre el derecho de la tierra materna porque ella no es más que un representante de ésta. Por ello es la propia tierra la que se levanta para vengar la infracción al derecho materno, la misma tierra ha sido ultrajada, el orden de las cosas, el derecho de la naturaleza, el más elevado derecho divino de esa época es sacudido en sus cimientos, es trastocado. Al morir, la madre asesina vuelve a la tierra, la madre humana se une a la madre divina, al alma de la tierra, a la que pertenece y a la que ha representado en vida.
La propia Clitemnestra se convierte ahora en Demetes Erinys (Pausanias). En las Erinnias Orestes descubre a las Erinniass de su madre, a los espíritus enojados de su madre, a su propia madre (Pausanias). La madre mortal se ha unido a la Madre-Tierra inmortal, muriendo se ha transformado en ella y se ha convertido de este modo en Demetes Erinys. Es verdad que todos los muertos se convierten en Demetreiloi y también son llamados con este nombre, es cierto que todos ellos se convierten en dii manes junto a la gran madre Mana Genita (Plutarco), es cierto que de todos los muertos se dice que son buenos, chrestoí, que también se unen todos al telúrico Agathodaímon, a la telúrica Bona Dea pro todo esto adquiere un significado especialísimo en el caso de la Madre-Tierra inmortal, muriendo se ha transformado en ella y se ha convertido de este modo en Demetes Erinys.
Es verdad que todos los muertos se convierten en Demetreioi y también son llamados con este nombre (Plutarco) es cierto que se convierten en dii manes junto a la gran Madre Mana Genita, es cierto que de todos los muertos se dice que son buenos, chrestoi, que también se unen todos al telúrico Agathodaímon, a la telúrica Bona Dea pero todo esto adquiere un significado especialísimo en el caso de la madre, porque ya durante la vida ella es una imagen de la madre-Tierra a la que representa entre las criaturas mortales. Y es también esta unión íntima la que en caso de matricidio desencadena a la propia tierra.
Los demás asesinatos se dejan a la venganza de los hombres y así a Orestes le corresponderá vengar a Agamenón. El matricida por el contrario será perseguido por la propia Tierra. Cualquier otro asesino puede evitar la venganza del hombre gracias a su habilidad, a su fiera o su valor, mientras que el matricida se convierte en presa de la Tierra vengadora sin posibilidad alguna de salvación.
Este ha violado la más importante ley material, la ley de la Madre-Tierra, la ley más elevada que está en la base de todo. El ha alterado el orden de la naturaleza telúrica y debe por consiguiente reestablecer este orden mediante su propia muerte, hasta que ello no ocurra la Tierra, herida en su dignidad materna, no dará más fruto, no cumplirá su función material. Este es el significado de las palabras que Esquilo pone en labios de las Erinnias en la trilogía que estamos estudiando. Estas reclaman la muerte del asesino de la madre con el fin de que a través de esta muerte se reestablezca el ordenamiento materno propio de la naturaleza telúrica.
“¿Oh madre, madre noche, tú que me has engendrado para castigar igualmente a los que ven la luz y a los que ya no la ven, escucha mi voz! El hijo de Leto quiere humillarme arrancándome esta liebre, única prenda que puede expiar el asesinato de una madre”.
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Johann Jacob Bachofen
viernes, 28 de enero de 2011
las raíces negadas
Maria Zambrano escribe: "Las raíces negadas a la función de soportar peso, pierden el ser fundamento. Avidas ellas, por mimetismo, arrastradas por el vicio de la repetición, devoran el cuerpo que habían dejado salir, se enredan en él, se confunden con él, son él. Y siguen, prosiguen su reptar apegándose hasta penetrar a un cuerpo nuevo, al cuerpo prometido que se alza sostenido por la docilidad de su raíz, que se hace así como madre, pues sólo hay propiamente madre cuando nace un cuerpo nuevo, un cuerpo hacia la luz que cumple su promesa. Sólo hay madre en el cumplimiento de una promesa de la vida a la luz."
Y como diría Virginia Woolf: "Necesito un lenguaje menudo, como el que los enamorados usan, palabras de una sola sílaba como las que dicen los niños cuando entran en la estancia y encuentran a su madre cosiendo, y cogen una porción de colorida lana, una pluma, un recorte de cretona. Necesito una lechuza, un grito. Nada claro necesito. Nada que surja ya hecho, con todos sus pies, para aposentarse en el suelo."
Y como diría Virginia Woolf: "Necesito un lenguaje menudo, como el que los enamorados usan, palabras de una sola sílaba como las que dicen los niños cuando entran en la estancia y encuentran a su madre cosiendo, y cogen una porción de colorida lana, una pluma, un recorte de cretona. Necesito una lechuza, un grito. Nada claro necesito. Nada que surja ya hecho, con todos sus pies, para aposentarse en el suelo."
el hambre de padre, la relación entre padre e hija
En general, los hijos y las hijas necesitan el modelo paterno para formar su yo, para consolidar su identidad sexual, para desarrollar sus ideales y sus aspiraciones y, en el caso del hijo varón, para modular la intensidad de sus instintos y de sus impulsos agresivos. De hecho, muchos de los males psicosociales que en estos tiempos afligen a tantos jóvenes -la desmoralización, la desidia o la desesperanza hacia el futuro-, tienen frecuentemente un denominador común: la escasez de padre. En definitiva, el hambre de padre es el deseo profundo, persistente e insaciable de conexión emocional con el progenitor que experimentan tantos jóvenes en nuestra cultura. Esta necesidad no satisfecha provoca en hombres y mujeres adultos un sentimiento crónico de vacío y de pérdida, una gran dificultad para adaptarse al medio social y para relacionarse de forma grata con figuras paternales o de autoridad.
Estado que no se disipa y que, a su vez, ellos arrastran en silencio a sus relaciones de pareja o de familia, y transmiten sin saberlo de una a otra generación. El hambre de padre se acepta hoy como un producto natural de la cultura occidental. En cierto sentido, la sociedad se organiza de acuerdo con supuestos y normas sociales que permiten a los menores crecer sin conocer realmente a su padre. Sin embargo, la cultura de Occidente está vislumbrando el amanecer de una nueva era. Una era mejor en la que la relación entr el padre y los hijos promete ser más estrecha, entrañable, armoniosa y saludable. Por ejemplo, a pesar de que los medios de comunicación siguen resaltando a los padres yupies -jóvenes progenitores de la urbe, despegados emocionalmente, ausentes del hogar, y perseguidores infatigables del éxito en el mundo de los negocios-, la verdad es que para cada vez más hombres la vida de casa es tan importante o incluso más que su trabajo o su carrera. En cierto sentido, los mitos y las expectativas de nuestra cultura han colocado al padre ante una trampa insalvable: para que el hombre: ante todo, que satisfacer su función de proveedor, lo que le obliga a pasar la mayor parte del tiempo fuera de la casa. Pero al mismo tiempo su ausencia del hogar tiende a producir en los niños problemas de carencia afectiva, confusión de identidad e inseguridad. Sin embargo, cada día hay más padres que sinceramente optan por un papel más activo y más tangible en la familia y sienten que si fueran libres de escoger entre su ocupación profesional o dedicarse al hogar, eligirían lo último. Como ya señalé al describir la ecología psicosocial de nuestros días, en gran parte la razón es que la trama hegemónica masculina se ha visto entretejida por la metamorfosis liberadora de la mujer, que está instigando al varón a cambiar su identidad de hombre y de padre. Y mientras las madres se liberan de las ataduras culturales esclavizantes del pasado, los padres se deshacen poco a poco de una imagen dura, distante y anticuada, y se convierten en seres más hogareños, expresivos, afectuosos, vulnerables y en definitiva más humanos.
“En general, el padre constituye para la hija el primer hombre de su vida, la fuerza fundamental en la configuración de su identidad femenina. Su presencia, su cariño y su reconocimiento de los encantos y atractivos de la pequeña son decisivos para que la niña desarrolle su confianza en sí misma como mujer. El padre fomenta indirectamente en la hija la feminidad, al tratarla como mujer o animarla a exhibir cualidades consideradas culturalmente femeninas. A su vez, la hija para complacer a la figura paterna, se apresta a adquirir y perfeccionar esas actitudes y comportamientos que definen socialmente a la mujer.
Un problema central y frecuente de la relación entre la hija y el padre es la discrepancia que a menudo existe entre lo que las hijas requieren emocionalmente y lo que los padres ofrecen. En unos casos, mientras que la hija experimenta una profunda necesidad de conexión afectiva y de intimidad, el padre, por el contrario, valora la independencia y la distancia emocional y física. En otros casos la situación es exactamente la opuesta, la hija persigue la libertad y la autonomía, mientras que el padre exige la subordinación y la dependencia. Estas actitudes opuestas de hijas y padres pueden conductir a expectativas, y a un estado continuo de incomprensión entre ellos. El “hambre de padre” rompe en las hijas el equilibrio entre el yo y el otro. La obsesión por lograr la presencia y aprobación incondicional del padre, que nunca llegan a alcanzar, las empuja a buscar compensaciones como la perfección física, la necesidad compulsiva de sentirse deseadas por hombres en posición de autoridad, o el desarrollo de actitudes extremas de competitividad y rivalidad con otras mujeres. Aunque la intención de estas jóvenes es conectar con el padre ausente, a veces el resultado es un estado doloroso y conflictivo de alienación de sí mismas y un sentimiento de desconexión e inseguridad frente a la vida.” El hambre de padre es una cosa que habla este autor, casi siempre por la ausencia, y se da mucho mas también en la relación padre e hijo. Porque esta relación suele despertar más sentimientos opuestos. Verás te describo lo que dice: “Para el niño y la niña resultan vitales las primeras señales de aprobación, de reconocimiento y de afecto que les comunica el padre -unas veces de forma activa y otras meramente con su presencia-, porque constituyen la fuente más importante de seguridad, de autoestima y de identificación sexual. En el caso del hijo, entre estas tempranas escenas idílicas repletas de apego, devoción y orgullo, se entrometen inevitablemente sombras inconscientes e inexplicables, de celos, de competitividad, de resentimiento y de miedo.
La relación entre padre y el hijo lleva implícita una gran carga de sentimientos opuestos, de cariño y de rivalidad, de confianza y de temor, de intimidad y de recelo, de amor y de odio. Estas emociones contradictorias son la causa del alejamiento, del vacío y de la nostalgia que suele existir entre progenitores y descendientes varones, y en particular del hambre de padre que sufren los hombres de hoy. La relación del padre con la hija, sin embargo, suele tener menos carga de antagonismo, rivalidad y ambivalencia, por lo que tiende a ser más fñacil, cordial y afectuosa. Por lo general, los padres ven a las hijas como más delicadas, sensibles, atractivas y buenas con los hijos. Con todo, la relación es esencial, porque una parte importante del carácter femenino de la niña surge de su atracción por el padre”.
Luis Rojas Marcos
Estado que no se disipa y que, a su vez, ellos arrastran en silencio a sus relaciones de pareja o de familia, y transmiten sin saberlo de una a otra generación. El hambre de padre se acepta hoy como un producto natural de la cultura occidental. En cierto sentido, la sociedad se organiza de acuerdo con supuestos y normas sociales que permiten a los menores crecer sin conocer realmente a su padre. Sin embargo, la cultura de Occidente está vislumbrando el amanecer de una nueva era. Una era mejor en la que la relación entr el padre y los hijos promete ser más estrecha, entrañable, armoniosa y saludable. Por ejemplo, a pesar de que los medios de comunicación siguen resaltando a los padres yupies -jóvenes progenitores de la urbe, despegados emocionalmente, ausentes del hogar, y perseguidores infatigables del éxito en el mundo de los negocios-, la verdad es que para cada vez más hombres la vida de casa es tan importante o incluso más que su trabajo o su carrera. En cierto sentido, los mitos y las expectativas de nuestra cultura han colocado al padre ante una trampa insalvable: para que el hombre: ante todo, que satisfacer su función de proveedor, lo que le obliga a pasar la mayor parte del tiempo fuera de la casa. Pero al mismo tiempo su ausencia del hogar tiende a producir en los niños problemas de carencia afectiva, confusión de identidad e inseguridad. Sin embargo, cada día hay más padres que sinceramente optan por un papel más activo y más tangible en la familia y sienten que si fueran libres de escoger entre su ocupación profesional o dedicarse al hogar, eligirían lo último. Como ya señalé al describir la ecología psicosocial de nuestros días, en gran parte la razón es que la trama hegemónica masculina se ha visto entretejida por la metamorfosis liberadora de la mujer, que está instigando al varón a cambiar su identidad de hombre y de padre. Y mientras las madres se liberan de las ataduras culturales esclavizantes del pasado, los padres se deshacen poco a poco de una imagen dura, distante y anticuada, y se convierten en seres más hogareños, expresivos, afectuosos, vulnerables y en definitiva más humanos.
“En general, el padre constituye para la hija el primer hombre de su vida, la fuerza fundamental en la configuración de su identidad femenina. Su presencia, su cariño y su reconocimiento de los encantos y atractivos de la pequeña son decisivos para que la niña desarrolle su confianza en sí misma como mujer. El padre fomenta indirectamente en la hija la feminidad, al tratarla como mujer o animarla a exhibir cualidades consideradas culturalmente femeninas. A su vez, la hija para complacer a la figura paterna, se apresta a adquirir y perfeccionar esas actitudes y comportamientos que definen socialmente a la mujer.
Un problema central y frecuente de la relación entre la hija y el padre es la discrepancia que a menudo existe entre lo que las hijas requieren emocionalmente y lo que los padres ofrecen. En unos casos, mientras que la hija experimenta una profunda necesidad de conexión afectiva y de intimidad, el padre, por el contrario, valora la independencia y la distancia emocional y física. En otros casos la situación es exactamente la opuesta, la hija persigue la libertad y la autonomía, mientras que el padre exige la subordinación y la dependencia. Estas actitudes opuestas de hijas y padres pueden conductir a expectativas, y a un estado continuo de incomprensión entre ellos. El “hambre de padre” rompe en las hijas el equilibrio entre el yo y el otro. La obsesión por lograr la presencia y aprobación incondicional del padre, que nunca llegan a alcanzar, las empuja a buscar compensaciones como la perfección física, la necesidad compulsiva de sentirse deseadas por hombres en posición de autoridad, o el desarrollo de actitudes extremas de competitividad y rivalidad con otras mujeres. Aunque la intención de estas jóvenes es conectar con el padre ausente, a veces el resultado es un estado doloroso y conflictivo de alienación de sí mismas y un sentimiento de desconexión e inseguridad frente a la vida.” El hambre de padre es una cosa que habla este autor, casi siempre por la ausencia, y se da mucho mas también en la relación padre e hijo. Porque esta relación suele despertar más sentimientos opuestos. Verás te describo lo que dice: “Para el niño y la niña resultan vitales las primeras señales de aprobación, de reconocimiento y de afecto que les comunica el padre -unas veces de forma activa y otras meramente con su presencia-, porque constituyen la fuente más importante de seguridad, de autoestima y de identificación sexual. En el caso del hijo, entre estas tempranas escenas idílicas repletas de apego, devoción y orgullo, se entrometen inevitablemente sombras inconscientes e inexplicables, de celos, de competitividad, de resentimiento y de miedo.
La relación entre padre y el hijo lleva implícita una gran carga de sentimientos opuestos, de cariño y de rivalidad, de confianza y de temor, de intimidad y de recelo, de amor y de odio. Estas emociones contradictorias son la causa del alejamiento, del vacío y de la nostalgia que suele existir entre progenitores y descendientes varones, y en particular del hambre de padre que sufren los hombres de hoy. La relación del padre con la hija, sin embargo, suele tener menos carga de antagonismo, rivalidad y ambivalencia, por lo que tiende a ser más fñacil, cordial y afectuosa. Por lo general, los padres ven a las hijas como más delicadas, sensibles, atractivas y buenas con los hijos. Con todo, la relación es esencial, porque una parte importante del carácter femenino de la niña surge de su atracción por el padre”.
Luis Rojas Marcos
el miedo está en la raíz del amor
¿Está el miedo en la raíz de la ausencia de amor? No es la muerte lo que nos iguala con el resto del mundo, sólo nos iguala el amor cuando surge y desarma. Dido, el Sr. Rochester, Heathclif, Lady Macbeth, Madame Bovary, Anna Karenina o Werther, todos estos héroes y heroinas de novelas pasaban sin excepción de ser personas sobradas que creían que lo tenían todo a constatar de la noche a la mañana que nada de lo suyo les importaba. Parecía una locura. Una frase descubierta al hilo de mis lecturas confirmó mis sospechas: “Un seul être vous manque et tout est dépeuplé”, aseguraba el poeta Lamartine. La ausencia de un solo ser -¡un solo ser!- podía vaciar el mundo entero de contenido y de sentido.
Pero esto me pareció un perfecto dislate que confirmaba la deriva mental de mis personajes atormentados, con la de personas que hay en el mundo, yo musitaba tónita, o se me escapa el fondo de la cuestión o aquello no tenía sentido. Pero es que solo se puede comprobar en carnes propias y cuando te enamoras no a medias, ni con cordura y ternura, sino como un estruendo y a lo grande, entonces es cuando se hace el más profundo ridículo casi hasta perder la razón. El mundo se queda absolutamente en nada. A día de hoy todavía no entiende este extraño fenómeno pero lo cierto es que nada ni nadie puede consolarte. Lamentablemente sólo atinamos a repetir el triste espectáculo literario de nuestras novelas, que me habían dejado tan perpleja: amor, desamor, plegarias, deseos, espera, frustración y una tristeza infinita, no por la fuerza de la enfermedad o de la muerte, no porque el destino me hubiese arrancado de la unión perfecto, no, sino porque él cambió de opinión, y no me quiso, aunque tardase tiempo en admitirlo. Como advertían aquellas novelas universales, no reparamos en detalles mezquinos y amé donde no me amaban, sin razón aparente y por un tiempo inmisericorde, me torné insegura, dependiente, pálida y desgraciada. Los clásicos habían acertado.
Pudiéramos hablar aquí de las raíces evolutivas del amor, de su perfil biológico, de sus efectos fisiológicos, de su procedencia, sus manifestaciones física, mentales y culturales y su previsible temporalización. O describir las etapas evolutivas del amor, para explicar que a veces deseamos cubrir un instinto maternal o cumplir un designio reproductor. Sobre ello han hablado con gran maestría psiquiatras y médicos. En Occidente pretendemos que la disección del amor es suficiente para explicar la esencia, pero de momento ni la biología explica el misterio de la vida ni la disección de la vida revela su esencia, sino que sólo describe el fenómeno, así como el análisis evolutivo del amor. Pero dónde está el amor, dónde podemos encontrarlo. Cuando no elegimos el amor, cuando olvidamos o rechazamos darle forma, calla hasta volverse invisible, cuando lo esperamos de manera pasiva, sólo se manifiesta por su áspera ausencia. Sólo necesita que lo materialicemos, que lo expresemos, que lo manifestemos de forma palpable, es una elección visible, deliberada. Porque el amor está en todas partes, más tenaz y corriente que la materia, sólo que callado e invisible, a la espera de que alguien o algo le diese raíces y alas.
En el mundo solo cuenta el amor, aunque manifestemos tan poco amor. Es una intuición que casi todos llevamos dentro, tenaz y callada. Sin embargo, querrán que les diga que a pesar de todo, a pesar de los atropellos, de la mezquindad, de las traiciones y de la maldad, de las tropelías, los asesinatos, el desprecio y las mentiras, a pesar del desamor y de la falta de atención, de los abusos físicos, de las violaciones, de las aberraciones y de las mutilaciones, del castigo y del puñetazo, a pesar del odio y del conflicto, querrán que les diga que en este mundo sólo cuenta el amor. Gandhi predicó la total fidelidad a los dictados de la conciencia y la convicción de que la violencia sólo podía derrotarse por la no violencia: “Cuando me siento desesperado, recuerdo que a lo largo de la historia el camino de la verdad y del amor siempre han ganado. Ha habido tiranos y asesinos y por un tiempo parecen invencibles, pero al final siempre caen; piénsalo, siempre”. Gandhi soportó burlas, desprecios, violencia y encarcelaciones a lo largo de gran parte de su vida, pero las sobrellevó con enorme dignidad y entereza. “Primero te ignoran. Luego se ríen de ti. Después te atacan. Entonces ganas”, decía.
¿Está el miedo en la raíz de la ausencia de amor? El miedo a no tener lo suficiente, a tener que arrebatar para conseguir algo, a la soledad, a los cambios y la inseguridad, a las pérdidas, a la tristeza, al desamor.... Marianne Franke-Gricksch asegura: “El miedo forma parte de nuestras vidas. Esto ocurre porque hemos sido separados: de nuestras madres, de nuestros padres, del conocimiento y, por encima de todo, del amor”. La psiquiatra suizo-alemana Elizabeth Kübler-Ross también habló extensamente del miedo y lo opuso a la necesidad universal y fundamental que tienen los seres humanos de recibir, y de ofrecer, amor, algo que ninguna máquina, ninguna posesión, ninguna distracción ni ningún especialista pueden reemplazar. Aseguraba que “...tenemos que enseñar a nuestros hijos desde el principio que son responsables de sus vidas. El mayor don de los humanos puede también ser su peor maldición, la libertad de elección. Podemos elegir en función del amor o del miedo”. El amor no es un comportamiento aprendido: es una necesidad profunda e instintiva. En cambio cómo saciamos esta necesidad, a través de qué complejas redes de lealtades y responsabilidades recíprocas, sí es una conducta aprendida que determinará la naturaleza y la esencia de nuestros vínculos de afecto. Si no son satisfactorios, construiremos estrategias compensatorias para no sentir la soledad humana, aunque ésta quedará acentuada por los límites estrechos de la red afectiva que pretendemos acotar.
“Inocencia radical”, de Elsa Punset
Pero esto me pareció un perfecto dislate que confirmaba la deriva mental de mis personajes atormentados, con la de personas que hay en el mundo, yo musitaba tónita, o se me escapa el fondo de la cuestión o aquello no tenía sentido. Pero es que solo se puede comprobar en carnes propias y cuando te enamoras no a medias, ni con cordura y ternura, sino como un estruendo y a lo grande, entonces es cuando se hace el más profundo ridículo casi hasta perder la razón. El mundo se queda absolutamente en nada. A día de hoy todavía no entiende este extraño fenómeno pero lo cierto es que nada ni nadie puede consolarte. Lamentablemente sólo atinamos a repetir el triste espectáculo literario de nuestras novelas, que me habían dejado tan perpleja: amor, desamor, plegarias, deseos, espera, frustración y una tristeza infinita, no por la fuerza de la enfermedad o de la muerte, no porque el destino me hubiese arrancado de la unión perfecto, no, sino porque él cambió de opinión, y no me quiso, aunque tardase tiempo en admitirlo. Como advertían aquellas novelas universales, no reparamos en detalles mezquinos y amé donde no me amaban, sin razón aparente y por un tiempo inmisericorde, me torné insegura, dependiente, pálida y desgraciada. Los clásicos habían acertado.
Pudiéramos hablar aquí de las raíces evolutivas del amor, de su perfil biológico, de sus efectos fisiológicos, de su procedencia, sus manifestaciones física, mentales y culturales y su previsible temporalización. O describir las etapas evolutivas del amor, para explicar que a veces deseamos cubrir un instinto maternal o cumplir un designio reproductor. Sobre ello han hablado con gran maestría psiquiatras y médicos. En Occidente pretendemos que la disección del amor es suficiente para explicar la esencia, pero de momento ni la biología explica el misterio de la vida ni la disección de la vida revela su esencia, sino que sólo describe el fenómeno, así como el análisis evolutivo del amor. Pero dónde está el amor, dónde podemos encontrarlo. Cuando no elegimos el amor, cuando olvidamos o rechazamos darle forma, calla hasta volverse invisible, cuando lo esperamos de manera pasiva, sólo se manifiesta por su áspera ausencia. Sólo necesita que lo materialicemos, que lo expresemos, que lo manifestemos de forma palpable, es una elección visible, deliberada. Porque el amor está en todas partes, más tenaz y corriente que la materia, sólo que callado e invisible, a la espera de que alguien o algo le diese raíces y alas.
En el mundo solo cuenta el amor, aunque manifestemos tan poco amor. Es una intuición que casi todos llevamos dentro, tenaz y callada. Sin embargo, querrán que les diga que a pesar de todo, a pesar de los atropellos, de la mezquindad, de las traiciones y de la maldad, de las tropelías, los asesinatos, el desprecio y las mentiras, a pesar del desamor y de la falta de atención, de los abusos físicos, de las violaciones, de las aberraciones y de las mutilaciones, del castigo y del puñetazo, a pesar del odio y del conflicto, querrán que les diga que en este mundo sólo cuenta el amor. Gandhi predicó la total fidelidad a los dictados de la conciencia y la convicción de que la violencia sólo podía derrotarse por la no violencia: “Cuando me siento desesperado, recuerdo que a lo largo de la historia el camino de la verdad y del amor siempre han ganado. Ha habido tiranos y asesinos y por un tiempo parecen invencibles, pero al final siempre caen; piénsalo, siempre”. Gandhi soportó burlas, desprecios, violencia y encarcelaciones a lo largo de gran parte de su vida, pero las sobrellevó con enorme dignidad y entereza. “Primero te ignoran. Luego se ríen de ti. Después te atacan. Entonces ganas”, decía.
¿Está el miedo en la raíz de la ausencia de amor? El miedo a no tener lo suficiente, a tener que arrebatar para conseguir algo, a la soledad, a los cambios y la inseguridad, a las pérdidas, a la tristeza, al desamor.... Marianne Franke-Gricksch asegura: “El miedo forma parte de nuestras vidas. Esto ocurre porque hemos sido separados: de nuestras madres, de nuestros padres, del conocimiento y, por encima de todo, del amor”. La psiquiatra suizo-alemana Elizabeth Kübler-Ross también habló extensamente del miedo y lo opuso a la necesidad universal y fundamental que tienen los seres humanos de recibir, y de ofrecer, amor, algo que ninguna máquina, ninguna posesión, ninguna distracción ni ningún especialista pueden reemplazar. Aseguraba que “...tenemos que enseñar a nuestros hijos desde el principio que son responsables de sus vidas. El mayor don de los humanos puede también ser su peor maldición, la libertad de elección. Podemos elegir en función del amor o del miedo”. El amor no es un comportamiento aprendido: es una necesidad profunda e instintiva. En cambio cómo saciamos esta necesidad, a través de qué complejas redes de lealtades y responsabilidades recíprocas, sí es una conducta aprendida que determinará la naturaleza y la esencia de nuestros vínculos de afecto. Si no son satisfactorios, construiremos estrategias compensatorias para no sentir la soledad humana, aunque ésta quedará acentuada por los límites estrechos de la red afectiva que pretendemos acotar.
“Inocencia radical”, de Elsa Punset
el amor express, especie de mutantes
Somos una especie de mutantes emocionales los humanos, tenemos químicamente que mantener unos niveles de serotonina y de dopamina, para sentir que baja el estres, mimar este coctel emocional, es curioso porque nuestros cerebros son muy adictivos, y realmente vivimos en unos momentos en que no se piensa que exista una persona especial para nosotros, cuando tenemos que buscar pareja, por eso cada vez nos conformamos con los sucedáneos, pero tampoco hacemos nada por comprometernos de esta manera, suponemos que todo tiene un componente de adicción, incluso el desamor tiene también este componente y es eso lo que nos mantiene, y hace o suple el efecto del amor. El divorcio expres, el amor expres, las relaciones de comercio, el dinero también producen esa adicción.
Sin duda es una perversión de la realidad más, en que vivimos en países latinos, que compartimos una tradición larga. La realidad es que ha aumentado la prostitución ni más ni menos con la mayor libertad sexual, también propiciada por los medios tecnológicos modernos de comunicación. Pero ya digo esto es el amor expres, yo creo que nadie aquí al final sale satisfecho, y estamos creando un mal patrón a la larga; prefiero el modelo de Suecia, pero aquí es impensable. O no. Yo creo que las relaciones también están cambiando, hay muchas formas de buscar, por internet, lo que pasa es que una cadena de deseos te lleva a otros, y eso tampoco es, al menos entre personas que tienen una cultura o una base. Yo creo que cuando he sentido la necesidad de buscar el amor lo he encontrado, sí mejor o peor, más pronto o tarde, pero que después se ha terminado, generalmente cuando terminas en una relación sexual, parece que hay como un vértigo donde uno de los dos dice que no quiere comprometerse, ni quiere cumplir esas expectativas del otro, en fin, tampoco se trata de la persona adecuada especial, como decía antes, pero bueno también siempre no es así, y a veces con el tiempo es posible que un amigo vuelva a hablarte o a reconsiderarte como suele pasar, pero las relaciones están muy mal, como te digo , vivimos en un mundo muy deshumanizado, es lo que a mí me parece.
Sin duda es una perversión de la realidad más, en que vivimos en países latinos, que compartimos una tradición larga. La realidad es que ha aumentado la prostitución ni más ni menos con la mayor libertad sexual, también propiciada por los medios tecnológicos modernos de comunicación. Pero ya digo esto es el amor expres, yo creo que nadie aquí al final sale satisfecho, y estamos creando un mal patrón a la larga; prefiero el modelo de Suecia, pero aquí es impensable. O no. Yo creo que las relaciones también están cambiando, hay muchas formas de buscar, por internet, lo que pasa es que una cadena de deseos te lleva a otros, y eso tampoco es, al menos entre personas que tienen una cultura o una base. Yo creo que cuando he sentido la necesidad de buscar el amor lo he encontrado, sí mejor o peor, más pronto o tarde, pero que después se ha terminado, generalmente cuando terminas en una relación sexual, parece que hay como un vértigo donde uno de los dos dice que no quiere comprometerse, ni quiere cumplir esas expectativas del otro, en fin, tampoco se trata de la persona adecuada especial, como decía antes, pero bueno también siempre no es así, y a veces con el tiempo es posible que un amigo vuelva a hablarte o a reconsiderarte como suele pasar, pero las relaciones están muy mal, como te digo , vivimos en un mundo muy deshumanizado, es lo que a mí me parece.
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